martes, 18 de mayo de 2010

La Tragedia De Antuco. Testimonio de Un Soldado.

Dos compañías de soldados conscriptos del regimiento reforzado Nº 17 “Los Angeles” fueron atrapadas por un violento temporal de nieve cuando realizaban una marcha de 22 kilómetros entre los refugios de Los Barros y La Cortina, en la zona cordillerana de Antuco.

Las faldas del volcán Antuco se convirtieron en un blanco cementerio para 45 efectivos militares que perdieron la vida en ese episodio, considerado también el peor en la historia del Ejército de Chile en tiempos de paz.

Murieron congelados, víctimas de temperaturas que llegaron hasta los 35 grados bajo cero y ráfagas de viento congelado de hasta 150 kilómetros por hora, sin la preparación ni la vestimenta adecuada para un fenómeno climático de esta envergadura.

Pero mientras las familias de las víctimas poco a poco van restañando las heridas dejadas por esta irreparable pérdida a medida que pasan los días, los conscriptos sobrevivientes han intentado volver a llevar un ritmo de vida normal, continuando algunos con su periodo normal de instrucción.

Pero algunos se encuentran con licencias médicas por las secuelas físicas dejadas por semejante travesía. Otros, los casos más serios, han debido ser trasladados hasta la unidad siquiátrica del Hospital Militar en la Región Metropolitana, debido a las secuelas mentales dejadas por esta tragedia.

Uno de los soldados sobrevivientes de la compañía de Morteros, la más diezmada por la montaña, accedió a hablar sobre lo vivido y sobre lo que le cree será su futuro en la perspectiva que le dan los casi tres de sufrida la tragedia.

Bajo la condición de no revelar su identidad – para evitar problemas con el Ejército por sus declaraciones – Juan (nombre ficticio) describió parte de lo vivido en la montaña, de cómo vio morir a sus amigos y camaradas de armas, de la impotencia y el dolor que aún sigue sintiendo por no poder ayudarlos.

Pero también habló de lo que espera, de cómo cambió su vida y de sus temores sobre lo que le depara su futuro del que aún no tiene nada claro.

También reclama porque ahora es el tiempo de los vivos y aunque cuentan con asistencia sicológica y siquiátrica, teme por las consecuencias a futuro debido a las secuelas permanentes con las que puedan quedar.

Juan siempre quiso hacer el Servicio Militar. Desde siempre le gustaron los militares y las armas y cuando tuvo que inscribirse, lo hizo sin demora.

Aunque en primera instancia no quedó, dos instructores llegaron a su casa para preguntarle si quería entrar, que necesitaban contingente para la compañía de Morteros. No dudó y aceptó de inmediato.

“Quería integrarme y dije que sí, que quería ser parte de ellos. Fue algo totalmente voluntario. Siempre quise estar ahí, hasta que lo logré”.

- ¿Cómo fue la vida adentro? ¿Era lo que esperabas?

En parte sí y en parte, no. O sea, por lo que me gustó fue por el ambiente, el aire que se respiraba era bueno. Había siempre un aire de competencia entre las compañías, siempre competíamos por ser la mejor en cuanto a retretas, a todo eso. Mi compañía siempre se resaltó, en todo éramos los primeros porque era una compañía buena. Después vino la campaña y todo bien pero, bueno, ahora cambió todo. Todo cambia (cambia la voz).

- ¿cómo fue el día antes, el 17?

El 17 tuvimos la instrucción. Fue como de las 11 hasta las 2. Ese día llegamos completamente mojados. Nos pusimos un buzo para secar el uniforme porque el otro día había que marchar. Ordenamos la bolsa ropera y la echamos a los camiones porque ese día el camión se venía. Ese mismo día los camiones se quedaron atrapados. A las 7 de la tarde nos enteramos que los camiones se habían quedado atrapados. Llegó un soldado y dijo que habían una mujeres y una instructora con hipotermia.

- ¿Y la noche anterior?

Esa noche nos acostamos temprano. A las 8 estábamos acostados porque el otro día teníamos que levantarnos temprano, a las cuatro de la mañana, para salir a las cinco. Despertamos, nos levantamos y fuimos a buscar el desayuno que fue un café con pan con mermelada, comimos rápido, nos dijeron lo que teníamos que ponernos para marchar que eran los zapatos ‘para’, un pantalón. Hacía arriba la polera, el jersey y la casa. A las cinco salimos arriba. Ahí estaba mi mayor Cereceda que nos deseó suerte. Nos dijo que era muy probable que en La Cortina no hubiese nada, que no habría comida, pero había que apechugar, salir adelante. Mucha suerte nos dijo (vuelve a cambiar la voz).

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