viernes, 8 de octubre de 2010

Crítica A La Obra “El Día En Que Se Nos Movió El Piso”... Por Luis Fraczinet

Pena… Una Pena. Ese era el sentimiento que me faltaba cuando estábamos a la mitad de la obra y aún no paraba de reír. Que los actores reflejaran toda la gama de emociones sobre las tablas, pero ocurre que tanto tiempo sin asistir a una obra de teatro que se me olvidaba que toda obra tiene un ritmo y un libreto que se deshoja para obtener su objetivo, incluir al público en cuerpo y alma al desarrollo de la obra.

Llegamos un poco atrasados y nos perdimos la introducción, según otro espectador (más responsable) fue un monólogo acertado a lo que el público esperaba y recibió. “El día en que se nos movió el piso” es una apuesta a no olvidar nuestras propias experiencias. La herramienta fue la risa, la ironía y en ocasiones el sarcasmo. Una herramienta difícil de manejar, no todos hacen comedia en el teatro y en muchas ocasiones son necesarios “manuales” para explicar cada línea.

Lo logrado por los actores supera por mucho, realmente por mucho, lo que esperábamos, a momentos entre risa y carcajada, logré darme cuenta que la historia contada no variaba mucho de nuestras propias experiencias, por ello creo que era difícil distinguir entre las risas de alegría y aquellas risas nerviosas por verse reflejados en alguna escena. En mi caso particular, mientras transcurría la obra, se sucedían un conjunto de imágenes, golpes de recuerdos muy necesarios para retomar con cierta “objetividad” aquellos sentimientos que mantuvimos bloqueados por mucho tiempo. Que conste que la obra no es una terapia colectiva, es el reflejo, remezón que necesitamos para recordar que lo vivido nos ha marcado en nuestras historias personales.

Rescato un silencio que habrá durado un segundo, pero en ese instante, realmente me emocioné, la frase dicha por la “hija”: “Es que su familia es de Dichato”, fue suficiente para recordarnos el motivo que dio origen a la obra.

Para qué mencionar el "autoreto" por no estar nunca preparado ante estas situaciones, las nuevas relaciones de confianzas y de desconfianzas que se construyeron cuando por primera vez conocimos nuestros nombres, y recordamos rostros que dejaron de ser una rutina… pero eso es un aspecto de la obra que no domino, aunque todos tenemos nuestra apreciación. Aquí, en este texto, destaco más el impacto emotivo que cada espectador recibió en pleno desde el escenario.

La música en su momento justo y no como parte de la ambientación, es otro actor más que irrumpe en el desarrollo de la comedia y que se hace notar, quizás para darnos ese momento que, como espectadores, necesitamos para digerir lo que recibimos; pero es imposible, es otro impacto de ánimo que al final de la obra se agradece.

De los actores se nota mucho la diferencia en el manejo del escenario del “padre”, es casi el elemento central, que nos hace siempre enfocar nuestra atención al rol que cumple. Al final me aclararon que hay una buena parte de improvisación, que para ser bien sincero no se notó y en esto concuerdo con un viejo poeta serenense que decía: “cuando el libreto se lleva en el alma, el producto es perfecto”.

El elemento más débil no es propiedad de la obra, hubo muy poco apoyo de la iluminación, ese juego que siempre es un respaldo necesario para potenciar el conjunto. Pero al final de todo, solamente puedo dar las gracias y a la espera de una nueva presentación, porque un trabajo como éste, debe y es necesario se replique en toda la región.

Presentado en el Teatro Romano los días jueves 30 de septiembre y 7 de octubre.
Actuaron: Patricio Ruiz, Sebastián Torres, Grace Isaacson, Francisca Días, Cristobal Troncoso, Enzo D´Arcangeli y Peco Olivares.
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