lunes, 30 de enero de 2012

La Leyenda Del Salto Del Laja... Por Alicia Pereda



Cuentan los antiguos, que en el lugar donde hoy está el Salto del Laja, había una llanura, es decir, la garganta sonora que hoy conocemos no existía. Un tupido bosque de hualles, avellanos, boldos y otras especies eran el deleite de las tribus que ahí habitaban. El río discurría desde la cordillera y acariciaba con sus hondas la ribera donde las pataguas y las garzas hacían sus nidos. Era abundante la pesca de pejerreyes y truchas. También se podían encontrar numerosas bandadas de pájaros como la loica, jilgueros, zorzales, triles y también loritos tricahues que rompían con sus gritos la paz de los lugareños en el atardecer.

Pues bien, no recuerdo cómo se llamaba la tribu más numerosa que habitaba esa zona. Su jefe era respetado y querido por todos, ya que, se destacaba por su valentía, pero más que todo, por la sabiduría con la que mantenía la paz y la unidad de su gente.

Este lonco tenía entre sus numerosos hijos una niña que era su orgullo y felicidad, no había nadie, en mil metros a la redonda, que le hiciera sombra en su belleza, bondad y dulzura. Tenía la cualidad de entender el lenguaje de los pájaros, amaba a su padre por sobre todas las cosas y hacía siempre su voluntad para no ponerlo triste.

Muchos hombres (valientes guerreros) habían pedido la mano de esta niña, pero ella no quería a ninguno. Soñaba con un hombre que vendría un día desde más allá del río, un hombre distinto a todos los que ella conocía y cada mañana cuando el sol aún no bajaba a bañarse en las turquesas aguas del río, ella salía a conversar con las aves y les contaba de sus sueños y sus anhelos. Pero también de la tristeza de su corazón, ya que su padre le había dado un plazo para elegir marido.

Un día llegó un lonco desde muy lejos, venía con una gran escolta de guerreros a pedir la mano de la niña. El padre quedó encantado con la apuesta figura del hombre y con las riquezas de que era poseedor, además prometió a cambio defender con sus huestes a la gente del lugar, pues sabía de la llegada de los huincas que venían desde el norte arrasando con las tierras y gentes de los lugares por donde pasaban.

Después de muchas reuniones y de concertar la dote, todo quedó arreglado para la ceremonia.
Nuestra niña se entristeció mucho porque no era el hombre que ella había soñado.

Una mañana salió muy temprano a conversar con los pájaros y les contó de su angustia. Una loica le dijo que este hombre no era de fiar y que era mejor consultar con la machi, ella podría ayudarla a resolver el problema o darle algún consejo. Sin que su padre lo supiera, se encaminó una tarde a hablar con la machi; ésta la escuchó y le dijo que volviera a la noche siguiente, tenía que consultarlo con los espíritus del agua primero.

El consejo que le dio la machi fue: Si tanto quieres a tu padre tienes que hacer su voluntad, pero tu bondad presiente un mal en este hombre, has de ponerlo a prueba y entonces decidir:
Pídele que te haga un puente con hebras de luna y gotas de rocío para que nuestros hombres puedan atravesar seguros hasta la otra orilla sin molestar a los espíritus del agua.

Con este consejo se fue donde su padre y planteó su petición al enamorado.

Dame esta noche, le dijo, y mañana verás. Así fue, al otro día un hermoso puente cruzaba las verdes aguas.

Decepcionada, la niña, fue por segunda vez a ver a la machi, quien le dijo que esta vez pidiera un peine hecho con las lágrimas de la diosa del río para su cabellera.

Dame esta noche y lo tendrás, dijo el hombre. A la mañana siguiente puso en sus manos el peine más hermoso por ella visto, pero tenía un suave color rosa que a ella llamó la atención. Se fue al borde del río y descubrió que la espuma también tenía ese color y se sintió muy triste.

Por último, cuando ya su padre enojado por tanta desobediencia había mandado traer los mejores animales para la comilona y había ordenado a sus mujeres vestir con las mejores galas a su hija, ésta una vez más se escapó para hablar con la machi. La mujer había confeccionado una pequeña cruz de palqui que puso delicadamente en las manos de la doncella.

Pide un último deseo, le dijo, una “casa” de cristal, pero que no esté en la superficie, sino en el lugar más profundo del río. Cuando tu padre pronuncie las palabras que te hagan mujer del desconocido corre hacia el río y entra en sus aguas sin importar el caudal que traiga y deja caer estos palitos a la corriente, así sabrá tu padre que tenías razón al desconfiar de éste hombre, pues lo tiene a su merced y nada ni nadie lo hará cambiar de parecer.

Nunca, en todas las leyendas de su pueblo se había contado algo parecido. La casa estaba en el fondo del río, sus paredes cristalinas reflejaban la luz del sol y de la luna y a su alrededor se veían los peces nadar entre un jardín de rocas y algas de agua dulce.

La niña entonces hizo todo lo que se le pidió, pero en sus ojos se reflejaba una gran melancolía. Su trenza más oscura que la noche sin luna brillaba adornada con el peine, pero su rostro estaba pálido y triste. En el momento en que su padre la entregaba a ese extraño y la tribu se sumaba a la algarabía, ella, dándole un beso, corrió hasta el río y metiéndose en él hasta que el agua le besó los pechos dejó caer los palos de palqui...

Un ruido ensordecedor interrumpió la ceremonia: la tierra tembló y se rajó como una manzana, una espesa niebla cubrió la planicie y las sombras de la noche se dejaron caer como cuervos sobre la gente. El río manso en aquel verano atronó el aire con una voz que nadie había escuchado jamás, las piedras se alzaron en una gigantesca mole sobre las cabezas de todos dejando ver sus colmillos negros y afilados. El río se precipitó por aquella garganta con una furia inmensa y sus remolinos se tragaron la casa y a la niña.

Cuentan que aún hoy se puede sentir su llanto cuando alguien grita hacia la cascada, entonces una bruma se levanta de las aguas y moja el rostro del que la llama.

Alicia Pereda
Poetisa de Nuestra Tierra
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