En este artículo se examina el impacto que tuvo la guerra civil española, como hito histórico y fundacional, en actores sociales relevantes de la política y la cultura de Chile. Para evidenciarlo, se destaca en primer lugar la incidencia de la guerra civil en los medios de prensa y el campo intelectual de los años treinta, y la importancia de los acontecimientos españoles en la formación del Frente Popular chileno, que alcanzó el poder tras las elecciones presidenciales de 1938. A continuación, se estudia el papel de la contienda en las memorias -y otros textos testimoniales- publicadas por autores chilenos a finales del siglo XX y comienzos del actual, así como las líneas de continuidad que en ellas se trazan entre la República Española y su derrota a manos de Franco en 1939, y la Unidad Popular de Salvador Allende que terminaría con el golpe de Estado de 1973.
BlNNS, NIALL, FIERRO, JUAN MANUEL, & NITRIHUAL VALDEBENITO,
LUIS. (2020). "ELEGÍ UN CAMINO". LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA COMO UN
HITO FUNDACIONAL EN LOS GÉNEROS MEMORIALÍSTICOS CHILENOS. Acta literaria, (60), 15-32. https://dx.doi.org/10.29393/al60-1ecnb30001
1936.
El impacto de la guerra española en Chile
En
pocos países del mundo se vivió la guerra civil española con tanta pasión y
expectación como en Chile. El aprista Luis Alberto Sánchez, exiliado como
muchos correligionarios suyos en Santiago, llegaría a afirmar que ninguna
ciudad, "incluyendo Buenos Aires y La Habana", se había conmovido
tanto ante el conflicto: "Al comienzo venció la perplejidad; en dos
semanas, como si invencibles y ubicuas teas atizaran aquel tremendo incendio,
la sociedad chilena, especialmente los grupos intelectuales, se dividió en dos
bandos irreconciliables". No es sorprendente que haya sido así. Cuando
el 25 de marzo de 1936 se conformó en la sede del diario La Opinión el
Frente Popular de Chile, se había hecho en gran medida a imagen y semejanza del
Frente Popular que acababa de ganar las elecciones generales en España y
estrenaba gobierno bajo la presidencia de Manuel Azaña. ¿Cómo no se iban a
seguir, con trepidación y esperanza, tanto la evolución de ese gobierno como el
estallido de violencia desencadenado, el 18 de julio de 1936, por una
sublevación de militares rebeldes?
Para
el gobierno de Arturo Alessandri y grandes sectores conservadores y católicos
de Chile, se concentraban en la guerra española sus peores pesadillas:
expropiaciones revolucionarias, el incendio de iglesias, la matanza de
religiosos y una sociedad sometida -según atestaban imágenes aterradoras- al
libre albedrío de las masas. Para los que anhelaban un gobierno de Frente
Popular en Chile, en cambio, el levantamiento de los militares españoles era un
asalto a una república hermana, a un país que sin renunciar a la democracia se
atrevía -en tiempos de la expansión fascista que llevaba años extendiéndose por
Europa y empezaba a asomarse en las Américas- a implantar lo que para ellos
también eran reclamaciones básicas: la reforma agraria, la limitación de los
poderes de la Iglesia y el Ejército, y una distribución más equilibrada de las
riquezas del país.
Durante
treinta y dos meses, y notoriamente durante el primer año del conflicto y a
partir de entonces en momentos decisivos, la prensa chilena se explayó en
noticias y reportajes sobre la guerra española y aprovechó -como no podía ser
de menos en la que suele denominarse la primera guerra mediática de la
historia- de fotografías tan perturbadoras como fascinantes de iglesias
en llamas, momias de monjas sacadas de sus tumbas en siniestras exposiciones
callejeras, milicianos improvisados dirigiéndose al frente en camiones
grafiteados con eslóganes revolucionarios, milicianas armadas y jubilosas que
levantaban sus puños, madres enlutadas llorando a sus hijos muertos y -lo más
escalofriante- cadáveres de niños extendidos en fila sobre el suelo de las
morgues de Madrid con números sobre el pecho y a la espera de parientes que los
reconocieran. Para un público enardecido por estas imágenes y cada vez más
sediento de noticias, los editorialistas y cronistas de cada medio se
encargaban de comentar cada detalle del conflicto: Rafael Maluenda y Alberto
Mackenna en El Mercurio; Joaquín Edwards Bello en el
oficialista La Nación; Manuel Vega en el católico El Diario
Ilustrado; Augusto D'Halmar y Emilio Rodríguez Mendoza en el diario
radical La Hora; Vicente Huidobro y Pablo de Rokha en el
izquierdista La Opinión; Salvador Ladrón de Guevara y Pablo Neruda
en Frente Popular; Jorge González Von Marées en Trabajo, órgano
del Movimiento Nacional Socialista de Chile; Manuel Antonio Garretón Walker en
el semanario falangista Lircay; el viejo modernista argentino Alberto
Ghiraldo en España Nueva; Jaime Eyzaguirre y Roque Esteban Scarpa en
la revista mensual católica Estudios; y Marta Vergara y otras
escritoras en La Mujer Nueva.
Varios
factores avivaban el interés y la pasión por todo lo que sucedía en España,
entre ellos una colonia inmigrante muy movilizada y dividida entre sectores
tradicionalistas y monárquicos -muchos de cuyos miembros, dedicados al
comercio, achacaban el desorden imperante a la incompetencia o mala praxis del
Frente Popular-, y otros favorables a la República, que encontraban amparo en
la Embajada presidida por el viejo luchador Rodrigo Soriano, que no tardó en
resucitar, en noviembre de 1936, el periódico republicano España Nueva que
él mismo había fundado y dirigido entre 1906 y 1924. Otro factor fue el
protagonismo de la embajada chilena en Madrid en la llamada "crisis de los
refugiados". El embajador Aurelio Núñez Morgado, que fue uno de los
fundadores del Partido Radical Socialista en 1931 pero se transformó en España
en un admirador fervoroso del dirigente falangista José Antonio Primo de
Rivera, resultó ser el "decano" (el de mayor antigüedad) de los
diplomáticos extranjeros que permanecían en la capital española en el verano de
1936, cuando comenzó la guerra. Acogió en las dependencias de la embajada a
unos 2.300 españoles que temían por su vida y lideró una defensa humanitaria de
los refugiados tanto en la embajada suya como en la de otros países. Tuvieron
una repercusión sostenida en la prensa chilena tanto el desafío tenaz de Núñez
Morgado (y su encargado de negocios Carlos Morla Lynch) ante la indignación y
las objeciones de las autoridades republicanas como las tensas negociaciones
entre estas y el gobierno de Alessandri.
A lo
largo de la guerra, las visitas a Chile de personalidades españolas atrajeron
la atención fascinada de un público que vivía pendiente de la guerra civil. De
particular importancia fue la llegada, en octubre de 1936, de la joven filósofa
María Zambrano -en compañía de su marido, recientemente nombrado secretario de
la Embajada de Soriano- que dinamizó la solidaridad con España del campo
intelectual del país. En los escasos siete meses que pasó en Chile, Zambrano
publicó la primera edición de su importante libro Los intelectuales en el
drama de España, un Romancero de la guerra española (que
concluyó con un poema de Neruda) y una antología de la poesía de Lorca.
Asimismo, escribió el epílogo y fue, con toda probabilidad, la catalizadora
de Madre España. Homenaje de los poetas chilenos, una antología con
los textos de diecinueve chilenos (entre ellos, Vicente Huidobro, Pablo de
Rokha, Pablo Neruda y Rosamel del Valle) y de la uruguaya Blanca Luz Brum.
Otras
visitas -cada una de ellas festejada y deplorada con la misma energía- fueron
las del dramaturgo falangista Eduardo Marquina, que en noviembre de 1936 vio su
estreno chileno de En Flandes se ha puesto el sol boicoteado con el
lanzamiento de bombas fétidas, y de Gregorio Marañón, que en marzo de 1937 fue
celebrado por Rafael Maluenda, en El Mercurio, como ilustre
científico pero al mismo tiempo repudiado como traidor a la República por
Vicente Huidobro en La Opinión, y Pablo de Rokha y Lorenzo Domínguez
en Frente Popular. A finales de ese año, la llegada de una
"misión cultural" enviada al Cono Sur por Franco y liderada por el
falangista Eugenio Montes, entusiasmó tanto a Roque Esteban Scarpa en Estudios como
a Alone. De todos modos, la visita de más alto perfil tuvo lugar en los últimos
meses de la guerra cuando acudió a la investidura de Pedro Aguirre Cerda, en
diciembre de 1938, una delegación española conformada por el dirigente
socialista Indalecio Prieto, el general Ángel Herrera y el prestigioso ensayista
y embajador de la República en Buenos Aires Ángel Ossorio y Gallardo.
Habría
que recordar, por último, la importancia de las noticias traídas o enviadas por
chilenos que vivían o habían vivido en su propia piel la guerra de España. Se
publicaron en Las Últimas Noticias veintisiete crónicas del piloto
Luis Omar Page Rivera, que luchó en la aviación franquista; aparecieron
en Frente Popular las cartas de Gustavo Gaete Pequeño y Miguel
Álvarez Torres, voluntarios en el Ejército del Pueblo, y en La Voz de
España una narración muy peculiar de otro voluntario, José Areces, que
comenzó peleando con los republicanos pero harto de los desmanes en la
"retaguardia roja" cambió de bando. La prensa conservadora publicó
dos entrevistas de extremo interés: la revista Estudios reprodujo una
crónica del viaje que hizo el senador Maximiano Errázuriz Valdés de Roma y
Salamanca con el solo fin de entrevistarse brevemente con Franco, mientras que
la novelista Letizia Repetto Baeza de Beltrán entrevistó para El Mercurio a
la esposa de Franco, Carmen Polo. El diario Frente Popular, por su
parte, ofreció testimonios sobre sus vivencias en la España republicana del
pintor Edmundo Campos, el escultor Lorenzo Domínguez y el músico Acario Cotapos.
Luis Enrique Délano, que llegó de vuelta a Santiago en diciembre de 1936
después de trabajar con Neruda en el consulado en Madrid, escribió crónicas
para Ercilla antes de publicar su libro testimonial “4 meses de
guerra civil en Madrid”.
Vicente
Huidobro, invitado al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa
de la Cultura, adelantó su viaje para ejercer de corresponsal de guerra del
diario Frente Popular. Aunque su labor periodística se limitara al
final a una sola y fascinante crónica, habló largamente sobre sus cuatro meses
en España en entrevistas y locuciones radiofónicas transcritas por la prensa. El tercero de los delegados chilenos al Congreso (junto a
Huidobro y Neruda), Alberto Romero, también relató sus experiencias en
entrevistas a la prensa antes de redactar una extensa crónica de su visita en
el libro “España está un poco mal” (1938). Otro escritor testigo del
conflicto sería Juvencio Valle, que llegó a España a comienzos de 1938 en
representación de la recién inaugurada Alianza de Intelectuales de Chile y como
corresponsal de la revista Ercilla, y al final de la guerra pasó tres
meses en una cárcel franquista.
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https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?pid=S0717-68482020000100015&script=sci_arttext_plus&tlng=es
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