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La Razón Por La Que Bolívar Ganó El Título Más Glorioso Que "El Cetro De Todos Los Imperios De La Tierra"

El padre de la independencia de cinco naciones latinoamericanas fue reconocido en vida por su lucha en contra de la monarquía española.


Retrato de Simón Bolívar del pintor peruano Daniel Hernández.



Cuando se habla de Simón Bolívar, se le llama indistintamente por su apellido o por uno de los títulos que lo han acompañado en la posteridad y que lo definen plenamente: Libertador.

 

El 23 de mayo de 1813, Bolívar entró a la ciudad de Mérida (actual estado del mismo nombre). Durante ese año había estado al frente de la Campaña Admirable —una gesta que marcó un punto de inflexión en la guerra de independencia— desde la Nueva Granada, donde se exilió tras la pérdida de la primera República en Venezuela.

 

Como parte de esta maniobra militar de largo aliento que buscaba hacerse con el occidente venezolano, Bolívar arribó a Mérida, uno de los estados occidentales atravesado por la cordillera de los Andes.

 

La Entrada Triunfal A Mérida

 

Una vez en Mérida, fue aclamado por el pueblo como Libertador, que lo recibió entre vítores. Esa ciudad había sido parcialmente destruida por un terremoto en 1812, por lo que su llegada causó gran emoción entre la población, que vivía entre ruinas.

 

El escritor e historiador merideño Tulio Febres-Cordero (1860-1938) publicó un texto cargado de poesía para referirse a la presencia del Libertador en su terruño, recoge Frontera Digital:

 

«En una hermosa mañana de mayo, el mes de las flores por excelencia, la ciudad melancólica se alegra, sus desiertas calles se llenan de gente, las campanas se echan al vuelo, y en los balcones y ventanas de sus casas semiarábigas, brillan ardientes y seductores entre dulces sonrisas, los negros ojos de recatadas doncellas, que esperan anhelantes el desfile de la vistosa comitiva, donde viene el guerrero afortunado, el caballero de la Torre de Plata y de la Celeste Espada. Es Bolívar que llega.»

 

Febres-Cordero, en su texto, agregó que Bolívar fue recibido «en asamblea pública» en la casa Consistorial, tanto por «patricios, togados y sacerdotes, revestidos de imponente gravedad y con los corazones henchidos de gratitud y simpatía«.

 

Ante esta bienvenida, el Libertador pronunció un «breve y elocuente discurso», donde destacaba: «Permitidme señores expresar los sentimientos de júbilo que experimenta mi corazón al verme rodeado de tan esclarecidos y virtuosos ciudadanos, los que formáis la representación popular de esta patriótica ciudad, que por sus propios esfuerzos ha tenido la dicha de arrojar de su seno a los tiranos que la oprimían«.

 

Tras estas palabras, prosigue Febres-Cordero: «y enseguida aquella asamblea de próceres y todo el pueblo, agolpado frente a la casa Consistorial, gritaron: ‘¡Viva Bolívar!’ ‘¡Viva El Libertador!’, quedando así con este calificativo el futuro fundador de cinco naciones soberanas«.

 

Sobre su arribo, el propio Bolívar escribió el 24 de mayo de 1813: «Ayer he tenido la satisfacción de entrar a esta ciudad, capital de la Provincia de Mérida, donde se hallaban ya la vanguardia, centro y retaguardia del Ejército«.

 

El Libertador De América

 

Este título de ‘Libertador de Venezuela’ fue otorgado oficialmente a Bolívar el 14 de octubre de ese año por la Municipalidad de Caracas. Días después, escribió Bolívar: «Vuestras señorías me aclaman capitán general de los Ejércitos y Libertador de Venezuela: título más glorioso y satisfactorio para mí, que el cetro de todos los imperios de la tierra«.

 

La razón para otorgarle esa distinción, según las autoridades de la Municipalidad, fue su victoria y el «haber dejado deshechas y aniquiladas las fuerzas enemigas que vinieron últimamente de España», según la Biblioteca Cervantes.

El Ario Perfecto: El Agente Soviético 'invisible' Nikolái Kuznetsov Que Diezmó A Nazis En La Retaguardia

"Que los fascistas sepan de lo que es capaz un patriota ruso y un bolchevique. Que sepan que es imposible conquistar a nuestro pueblo, como es imposible apagar el sol", era el mensaje del partisano.



El agente soviético Nikolái Kuznetsov vestido como un oficial alemán.


 

Publicado en RT Noticias

 

Corría el mes de junio de 1943. Las tropas soviéticas cavaban día y noche en la provincia de Kursk, preparando los emplazamientos de fuego para repeler la ofensiva hitleriana a gran escala y luego contraatacar, cambiando así de una vez para siempre el carácter de los combates en el frente del Este. De allí en adelante, los alemanes ya no serían capaces de lanzar ofensivas a gran escala. 

 

Los hitlerianos no tenían ni idea de que el éxito de los soviéticos fue logrado gracias a que tenían un as bajo la manga: un ario ideal profundamente infiltrado en su retaguardia. Se llamaba Nikolái Ivánovich Kuznetsov, un agente soviético que no solo dominaba perfectamente varios dialectos del alemán, sino que estudió a su enemigo de los pies a la cabeza, riéndose en la cara a la muerte. 

 

Los comunicados oficiales que homenajean las hazañas de Kuznetsov suelen ser breves y concisos. Y es entendible: muchos archivos que guardan la historia de sus proezas todavía están lejos de ser desclasificados. Por tanto, a la hora de enumerar los logros de Nikolái Ivánovich, todo puede encajar en un solo párrafo.

 

Empero, la lista de méritos solo sirve para una placa conmemorativa cerca de un monumento dedicado a Kuznetsov. Detrás, como siempre, hay una historia humana. Eso sí, en aquellos tiempos, seguir siendo humano era extremadamente difícil. 

 

Nikolái Kuznetsov.


"Un Berlinés Nativo"

 

Nikolái Kuznetsov nació en 1911 en el boscoso y perdido rincón de lo que era la gobernación de Perm del Imperio ruso a poco más de 200 kilómetros de la ciudad de Ekaterimburgo. Cuando ya finalizaba sus estudios en una escuela técnica, tuvo que empezarlo todo desde cero tras ser calumniado por supuestamente ocultar su procedencia de una familia de campesinos relativamente acaudalada.

 

Ya durante los años de aprendizaje, el futuro agente Kuznetsov se destacaba por sus singulares dotes lingüísticas: el idioma con el que trabó más amistad fue el alemán. Si bien a lo largo de su vida nunca cesó de mejorar sus aptitudes, quien le dio el primer impulso fue una profesora que se había graduado en Suiza. Asimismo, aprovechaba cualquier contacto con los germanohablantes que estuvieran al alcance de su mano. Así, en las clases de taller hablaba con un profesor que era un exprisionero capturado en la Primera Guerra Mundial, al tiempo que pasaba frecuentemente por una farmacia para charlar con un farmacéutico originario de Austria. 

 

Al mudarse en 1934 a la ciudad de Sverdlovsk (hoy Ekaterimburgo), Kuznetsov ya trabajaba para los órganos de seguridad soviéticos. Al instalarse en la planta de Uralmash, Nikolái se comunicaba a menudo con más de un centenar de especialistas alemanes que colocaban allí la tecnología de producción y realizaban el mantenimiento de la maquinaria. Aparte de detectar a espías camuflados como obreros, Kuznetsov pudo aprender varios dialectos del alemán, así como estudiar los modales de trabajadores alemanes, sus costumbres y psicología. 

 

El historial de Kuznetsov, que en 1938 pasó varios meses en los calabozos chekistas, pero finalmente salió sin mayores implicaciones, atrajo la atención de los más altos mandos de inteligencia. "Especialista en silvicultura. Honesto, inteligente, de carácter fuerte. Y con asombrosas habilidades lingüísticas. Habla un excelente alemán, conoce el esperanto y el polaco. En pocos meses aprendió la lengua komi hasta tal punto que los locales lo tomaron por uno de los suyos". Así describían a Kuznetsov los que le conocían de cerca.

 

Empero, una serie de cumplidos no bastaban para obtener luz verde para una promoción, por lo que la jefatura hizo una especie de examen lingüístico a Kuznetsov.  La mejor evaluación no fue un sobresaliente, sino la reseña de un agente soviético que acababa de volver de Alemania: "Habla como si fuera un berlinés nativo". 

 

"Quedé con Kuznetsov para mañana y vino a mi casa. Cuando pisó el umbral, me quedé asombrado: ¡un auténtico ario! Más alto que la media, esbelto, delgado pero fuerte, rubio, nariz recta, ojos azul grisáceo. Y tenía un porte fino, como si fuera un militar, ¡y éste era un leñador de los Urales!", resumía su cita con Kuznetsov Leonid Raijman, uno de los jefes del aparato central de contrainteligencia del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, más conocido como NKVD. 

 

Tras este éxito, Kuznetsov, quien actuaba bajo el alias de Kolonist, aterrizó en Moscú. Siendo un agente supersecreto, su misión principal radicaba en trabar amistades con empleados de embajadas extranjeras para descubrir a espías infiltrados, principalmente, entre los enviados del Tercer Reich. Interpretar el papel de un alemán no le costaba mucho a Kuznetsov: pasó años preparándose para esta caza, conociendo ya casi todos los hábitos de sus blancos.

 

Espera Agobiante

 

Con el inicio de la Gran Guerra Patria, Kolonist, que se había estado preparando para trabajar en el exterior, abarrotó a la jefatura con peticiones para que le enviaran a luchar "en el frente o en la retaguardia de las tropas invasoras alemanas en nuestro suelo". Empero, Kuznetsov nunca llegó al frente e incluso en los momentos más dramáticos, con los hitlerianos literalmente a puertas de Moscú, los mandos mantenían a Nikolái Ivánovich fuera de los combates. Este se indignaba y rabiaba por poder entrar en las trincheras enemigas, pero la pura lógica sugería a Kolonist para otras tareas.

 

Así, fue alistado en una unidad especial comandada por el legendario agente Pável Sudoplátov, quien supervisaba los preparativos del grupo que sería lanzado a la retaguardia alemana. En aquellos días, Kuznetsov bregó día y noche: estudiaba cuidadosamente su leyenda, pulía sus dotes de observación, orientación sobre el terreno, saltos en paracaídas, cifrado, así como practicaba con diversos tipos de armas, tanto soviéticas como alemanas. 

 

La preparación incluía también el análisis de la estructura y la organización de la Wehrmacht, sus estatutos, rangos, insignias, condecoraciones de todas las ramas del Ejército, la Policía y las SS. A finales de julio de 1942, Kuznetsov fue incluido en el destacamento de sabotaje Pobediteli (Vencedores, en español) bajo el comando de Dmitri Medvédev.

 

"La guerra para liberar a nuestra Patria de la escoria fascista exige sacrificios. Inevitablemente, hay que derramar mucha sangre para que nuestra amada Patria florezca y se desarrolle y para que nuestro pueblo viva libremente. Para derrotar al enemigo, nuestro pueblo no escatima lo más preciado: su vida. Los sacrificios son inevitables. Y quiero decirle francamente que hay muy pocas posibilidades de que regrese con vida. Es casi al 100% que tendré que hacer el último sacrificio. Y voy a hacerlo con toda calma y conscientemente, porque soy profundamente consciente de que estoy dando mi vida por una causa santa y justa, por el presente y el floreciente futuro de nuestra Patria", escribía Kuznetsov en una carta a su hermano que debería ser abierta solo tras su muerte. 

 

El Arte De Saboteador

 

El 25 de agosto, Nikolái Kuznetsov saltó en paracaídas en lo profundo de la retaguardia enemiga, más concretamente, en los bosques de Sarny, en la provincia ucraniana de Rovno, cerca de la ciudad homónima, convertida en la capital de facto de Ucrania y sede de la administración hitleriana conocida como Reichskommissariat.

 

Apareció en la ciudad como Paul Wilgelm Zibert, oberleutnant del 230º regimiento de la 76ª división de infantería, con dos Cruces de Hierro y la medalla 'Por la marcha invernal hacia el Este'. Pronto, Paul Zibert logró colarse en las filas de los oficiales alemanes sin levantar sospechas, procediendo a recabar toda información valiosa que pudiera ayudar a infligir pérdidas al enemigo. 

 

En noviembre de 1942, llegó un telegrama desde Moscú que apuntaba a datos de inteligencia de que la sede de campaña de Hitler se hallaba en Ucrania. El destacamento de partisanos tenía que averiguar su ubicación concreta. Al analizar la situación, el grupo concluyó que el cuartel general Werwolf se ubicaba cerca de la ciudad de Vinnitsa, a unos 500 kilómetros de la unidad de Medvédev.

 

Para encontrar la ubicación de Werwolf, Kuznetsov leía de cabo a rabo la prensa hitleriana en el territorio ocupado. En particular, llamaban la atención los reportes sobre conciertos de ópera en Vinnitsa a los que asistían el reichmariscal Hermann Göring o el mariscal general de campo Wilhelm Keitel, el hombre que en mayo de 1945 firmaría el acta de rendición. ¿Qué buscaban estos dos dirigentes en una ciudad relativamente pequeña como Vinnitsa?

 

Pronto Kuznetsov, que había trabado amistades entre los que servían en el Reichskommissariat de Ucrania, supo de uno de sus 'compañeros de combate' que el reichsführer Heinrich Himmler debía estar en la ciudad, lo que hacía pensar lo siguiente: Hitler estaba cerca. A mediados de diciembre, Kolonist y sus camaradas emprendieron una audaz misión en la carretera entre Kiev y Lvov para capturar a unos oficiales que portaban un portafolios que confirmaron las conjeturas del grupo: el cuartel general de Hitler se ubicaba cerca de Vinnitsa. 

 

En la primavera de 1943, Paul Zibert transmitió al Centro datos cruciales sobre el blindaje aumentado de los nuevos tanques alemanes Tiger y Panther, que debían romper las líneas soviéticas durante la operación Ciudadela con el objetivo de cercar al Ejército Rojo en la batalla de Kursk, un objetivo que nunca se cumplió. Meses después, la inteligencia soviética estaba de nuevo en deuda con Kuznetsov: desbarató un plan de magnicidio alemán para matar a Stalin, Roosevelt y Churchill durante la conferencia de Teherán a finales de noviembre de 1943. 



Un tanque pesado alemán Tiger en el frente del Este, 1943.

 

Aparte de la recopilación de datos, Kuznetsov eliminaba a los dirigentes hitlerianos nombrados para administrar los territorios ocupados. Si bien los operativos no terminaron bien con el reichskommissar de Ucrania, Erich Koch, quien logró escapar de la justicia, Kolonist diezmó considerablemente las filas de los jerarcas del Tercer Reich, infundiendo una constante sensación de miedo a sus futuras víctimas. En realidad, no fueron víctimas. Fueron animales disfrazados como humanos condenados a muerte. Entre los blancos alcanzados figuraban personajes como el jefe de las tropas punitivas en Ucrania, el general Max von Ilgen; el jefe del llamado Tribunal Supremo en el territorio ocupado de Ucrania, Alfred Funk, así como otros jerarcas nazis. 

 

A medida que el frente se movía cada vez más a las fronteras occidentales de la URSS, al grupo de Kuznetsov se le asignó la tarea de reubicarse en la ciudad de Lvov. Ya en febrero de 1944, el oberleutnant Paul Zibert hizo notar su presencia en la urbe, al liquidar al vicegobernador de Galitzia, Otto Bauer. 

 

Sin embargo, la situación en la ciudad pronto se tensó con los hitlerianos, conscientes de que había un topo en sus escalafones, por lo que recrudecieron al máximo su guerra contra los partisanos. Kuznetsov, quien durante su estadía en la retaguardia enemiga muchas veces estuvo cerca del fracaso, sentía que la ventana de oportunidades se estaba cerrando, por lo que tomó la decisión de dirigirse hacia la línea del frente. La noche del 9 de marzo, Kuznetsov, junto con sus compañeros de combate Kaminski y Belov, cayó en una emboscada de un grupo de nacionalistas ucranianos cerca de la localidad de Boratin en la provincia de Lvov. El ario perfecto no se rindió, luchando hasta el final. 

 

Vivir Después De La Muerte

 

"Amo la vida, aún soy joven. Pero si es necesario sacrificar mi vida por la Patria, a la que amo como a mi propia madre, lo haré. Que los fascistas sepan de lo que es capaz un patriota ruso y un bolchevique. Que sepan que es imposible conquistar a nuestro pueblo, como es imposible apagar el sol. Para ser leído sólo después de mi muerte. El 24 de julio de 1943. Kuznetsov". 

 

Quizá uno de los episodios que resuma mejor el inquebrantable empeño de Kolonist a su causa es la forma en la que sale su nombre en una orden del Soviét Supremo de la URSS que le concede el título de héroe de la Unión Soviética a título póstumo. En una nota fechada el 5 de noviembre de 1944, el ario blanco, a diferencia del resto de los condecorados, figura sin rango: la inscripción dice solamente Nikolái Ivánovich Kuznetsov. El mundo no debería saber más: el nombre de Paul Zibert habla por sí solo, siendo sinónimo de una impecable labor de inteligencia. 

 

Si quieren conocer más historias de este tipo, pueden escucharlas en el pódcast 'Huellas rusas', disponible en la mayoría de las plataformas correspondientes.

 

Timur Medzhídov

Fuente: RT Noticias

Detalles Escalofriantes De La Muerte En El 'trono De Fuego', La Ejecución Más Cruel De La Historia

Desde un asiento de hierro ardiendo, hasta canibalismo, el ‘rey campesino’ sufrió brutales castigos por levantarse ante la nobleza húngara.



A lo largo de la historia se han empleado múltiples métodos de tortura barbáricos para castigar y terminar con la vida de aquellos que se consideraba que habían hecho una falta. Algunos eran decapitados, otros colgados, arrastrados o descuartizados. Sin embargo, la mayoría de los historiadores concuerda que ninguna ejecución supera a la muerte de György Dózsa en el ‘trono de fuego’.

 

György Dózsa fue un noble militar de Hungría a quien se le designó convocar voluntarios para una cruzada contra los turcos en 1514, logrando reunir cerca de 100.000 campesinos. El combate fue suspendido, pero los campesinos descontentos, sin comida ni ropa, comenzaron a expresar sus quejas sobre los terratenientes y se negaron a regresar a sus labores.

 

Con la intención de derrocar a la nobleza, Dózsa lideró a los campesinos en una revuelta en la que quemaron cientos de solariegas y castillos y asesinaron a miles de nobles. Pero la suerte les duró poco y, finalmente, fueron derrotados por János Zápolya, quien luego fue rey de Hungría.

 

Una Muerte «Increíblemente Bárbara» 

 

Después de ser capturado, Dózsa, que había recibido el apodo de ‘rey campesino’, sufrió una de las torturas y ejecuciones más crueles de la historia de la humanidad. Inicialmente, los nobles a los que planeaban derrocar organizaron una coronación simulada en la que lo obligaron a sentarse en un trono de hierro. Ese asiento lo calentaron hasta que estaba al rojo vivo, y a Dózsa le colocaron en la cabeza y la mano una corona y un cetro, también de hierro ardiente.

 

Seguía vivo tras una hora de calvario, y entonces fue derribado de su ‘trono de fuego’ para seguir con el siguiente paso de la tortura. Primero, asesinaron brutalmente a su hermano frente a él. Luego, lo reunieron con un grupo de sus seguidores que habían estado hambrientos por diez días y los obligaron a comer de su carne chamuscada. Aquel que se negara era ejecutado inmediatamente.

 

Finalmente, Dózsa fue asesinado y su cuerpo fue divido en cuatro pedazos, que se enviaron a diferentes ciudades para servir de advertencia. Mientras tanto, los campesinos fueron sometidos a un tratamiento aún peor, con un aumento de las horas de trabajo y la imposición de fuertes impuestos. El profesor Paul Freedman, historiador de la Universidad de Yale en EE.UU., dijo que la muerte de Dózsa fue «tan increíblemente bárbara que en toda Europa los contemporáneos se dieron cuenta», recoge Daily Mail.

 

Su historia se ha usado en diferentes representaciones artísticas, como la película de 1970 ‘El juicio’ y la escultura ‘Trono de fuego’, expuesta en la Galería Nacional Húngara.

 

Fuente: Actualidad RT

Don Francisco Villota, El Montonero De Curicó

Luego del Desastre de Rancagua y la desordenada huida de algunos patriotas hacia Argentina, los que quedaron en el país trataron de volver a la vida de campo o la ciudad, algunos pocos se escondieron y otros, más conocidos, aceptaron las condiciones que las nuevas autoridades españolas impusieron. Sin embargo, al decir de don Tomás Guevara, en el Partido de Curicó, “los patriotas más animosos no permanecieron en la inacción; formaron guerrillas que prestaron a la causa de la revolución tan útiles servicios como las demás que se organizaron en los partidos centrales.”




 

Este artículo es un extracto del libro de don Tomàs Guevara “Historia de Curicó” del año 1890, Capítulo VIII.

 

Las “montoneras que tenían su esfera de acción en el territorio comprendido entre el Cachapoal y el Maule, prestaron a la revolución servicios de inestimable valía, por cuanto, distrayendo al enemigo por el sur, segregando sus fuerzas y amedrentando a las autoridades realistas, hicieron más accesible a la expedición libertadora el camino de los Andes y facilitaron la comunicación de San Martín con los patriotas de Chile.“

 

La formación de estas montoneras se debió a la levantada vista de San Martín, que mandó a Chile en la primavera de 1815, con diversos pretextos, a varios oficiales y emigrados a preparar la opinión a favor de su ejército.

 

Destacaron: el Sargento Mayor don Pedro Antonio de la Fuente, que actuaba entre Santiago y Vichuquén; el Coronel don Antonio Merino, al interior de Curicó; Manuel Rodríguez. quien agitó a los campesinos entre San Fernando y Curicó, y que en poco tiempo logró levantar la voluntad de los habitantes de Colchagua, Rodríguez, además corría como articulador, espía y guía estratégica para los patriotas; en la hacienda de Teno don Francisco Villota; y en sus alrededores el más temido de todos, José Miguel Neira, que desde el mes de mayo de 1816, comenzó sus correrías en los partidos de San Fernando, Curicó y Talca; en San Fernando don Basilio de la Fuente; en la montaña que da vista al valle del Mataquito reunió don Felipe Moraga un grupo de campesinos; en la zona montañosa del nordeste de Vichuquén logró juntar otro don Francisco Eguiluz; y en el valle del Mataquito formó también una guerrilla con los indígenas de Lora el clérigo don Juan Félix Alvarado.

 

De las montoneras que se formaron a influjos de los agentes de Mendoza, debemos mencionar en primer lugar la que organizó en la hacienda de Teno don Francisco Villota. Se dio a conocer Villota desde luego como un patriota entusiasta, decidido y valiente hasta el extremo. Fuera de estas bellas prendas personales, tenía ventajas físicas propias para arrastrar la voluntad del campesino y obtener de él un respeto absoluto y una obediencia ciega: la destreza del jinete y la fuerza de una musculatura excepcional.

 

Hijo del acaudalado comerciante vizcaíno don Celedonio Villota y de doña Francisca Pérez Cotapos, tenía sobre las cualidades nombradas, el influjo de una cuantiosa fortuna, que a la sazón gozaba como administrador de la hacienda de Teno, la más dilatada y rica del partido de Curicó. Había nacido en Santiago y tenía 30 años de edad cuando puso su fortuna y su bienestar al servicio de la patria. Inmediatamente de concebir el pensamiento de formar una montonera, comenzó a iniciar en su hacienda a sus más fieles inquilinos en los secretos de sus planes, a juntar peones a pretexto de emplearlos en las faenas agrícolas, tan numerosas en su propiedad, a ponerse de acuerdo con las temibles y no escasas bandas de malhechores de los cerrillos de Teno y a rogar a sus amigos lo secundaran en su empresa. Concurrieron a su llamado los jóvenes más resueltos de entre sus amigos: don Manuel Antonio Labbé, don Joaquín Fermandois, don Matías Ravanal, don Juan Antonio Iturriaga y don Fernando Cotal.

 

La posesión de la estancia que hemos nombrado le servía para disimular los trajines de conspirador, que pasaban a la vista de la generalidad como las naturales y siempre frecuentes diligencias de un hacendado, y lo que era más útil todavía, le proporcionaba todos los medios indispensables para el logro de sus designios. Con semejante actividad y tales recursos, bien pronto reunió una guerrilla como de cincuenta hombres regularmente armados. 

 

Pero tal vez los trabajos de Villota no habrían sido tan eficaces sin la siniestra cooperación de José Miguel Neira, que por aquel entonces era el más tristemente célebre de los bandidos que merodeaban en los cerrillos de Teno.

 

Mientras Marcó del Pont preocupado de las incursiones de los montoneros, especialmente las de Neira, nombró el 28 de mayo en comisión especial al capitán de carabineros de la Concordia don Joaquín Magallar para que, con la compañía de su mando, fuese a aniquilar las bandas patriotas del partido de San Fernando y al propio tiempo recorriese los de Curicó y Talca. Encargó a los respectivos cabildos que le prestasen los auxilios necesarios. En una de las persecuciones que Magallar emprendió contra la banda de Neira, cayó en su poder el bandido Santos Tapia: fusilado en julio por la espada en la ciudad de Santiago, sus restos se trajeron a los cerrillos de Teno y se exhibieron en una jaula de fierro para escarmiento de malhechores y montoneros.

 

Mientras tanto, Villota, ayudado por Neira, había aumentado su guerrilla, con la que ejecutaba sus primeras escaramuzas en la ribera norte del Teno y se comunicaba con San Martín por el boquete del Planchón y los senderos de Huemul. Le servían ordinariamente de emisarios los jóvenes Manuel Antonio Labbé y Fernando Cotal, los cuales atravesaban la cordillera aún en los meses en que la nieve que se acumula en los Andes no da paso a los viajeros. Para repartir en Santiago las comunicaciones que Villota recibía de Mendoza, se valía de don Matías Ravanal, animoso mancebo de quince años, que por su corta edad no daba lugar a sospechas. Con todo, en una ocasión se lo denunciaron como espía a San Bruno, quien, poniéndole el estoque al pecho lo interrogó violentamente por su nombre y su procedencia; mas, los pocos años de Ravanal, sus juramentos de inocencia y las noticias falsas que ideó, desarmaron al temido esbirro de la reconquista.

 

Marco del Pont creyó que el capitán Magallar, encargado del Partido de Curcó, no tenía las aptitudes requeridas para desempeñar la delicada comisión de exterminar las guerrillas y nombró para reemplazarlo el 2 de septiembre de 1816 al coronel don Antonio Quintanilla, jefe muy bien conceptuado en el ejército realista. Éste se trasladó al cantón de Colchagua con el escuadrón de su mando, carabineros de la Concordia. Al principio creyó que las montoneras se habrían disuelto para no reorganizarse más, pero en realidad permanecían ocultas acechando el momento oportuno para fatigar a los españoles. 

 

A fin de dar una batida general a las guerrillas insurgentes, Marcó mandó reforzar la guarnición de las villas del cantón militar que estaba a las órdenes de Quintanilla. Con fecha 26 de octubre nombró de jefe militar de Curicó al capitán don Manuel Hornas.

 

Hornas era un soldadote sin maneras ni noción de la equidad: altanero, duro con los patriotas, a quienes agobiaba con multas y contribuciones que imponía por simple capricho o codicia, con el beneplácito de su colega en el orden político. Vejaba a los vecinos por los motivos más fútiles.

 

Villota juró vengar al vecindario en que tenía tantos amigos y para cumplir su palabra entró sólo una vez al pueblo y fue a esperar a Hornas a una fonda que éste frecuentaba diariamente, situada a la medianía de la cuadra del sur de la plaza de armas, de propiedad de unas mujeres de apellido Salinas.

 

La noche cubría ya las solitarias calles de la villa con la densa oscuridad de aquellos años en que no había alumbrado público. No tuvo que esperar mucho el guerrillero patriota, pues llegó bien pronto el capitán Hornas. Apenas había dado algunos pasos en el interior de la fonda cuando Villota cayó sobre él de sorpresa y lo derribó a bofetadas; Villota huyó a Teno, acompañado de algunos amigos que lo esperaban en las afueras del pueblo. 

 

Hornas salió en su persecución; pero el hacendado patriota conocía a palmos el terreno en que maniobraba su guerrilla y se escondía en las quebradas, cerros y bosques de sus fundos. Mientras que el irritado capitán de carabineros perseguía tenazmente a Villota, Neira aparecía en Cumpeo, donde se habían deslizado sus primeros años de ovejero, y después de un reñido choque en que perdieron la vida un mayordomo y varios peones, se apoderó de las casas de la hacienda y comenzó a merodear por los contornos.

 

Estos sucesos, que llegaron a Santiago en alas del miedo y de la exageración, fueron parte a perturbar el espíritu medroso del capitán general Marcó del Pont y a precipitarlo en la adopción de medidas despóticas, tales como las de prohibir andar a caballo, cargar armas, vivir en los campos sin permiso del Gobierno, ausentarse de las ciudades sin pasaporte y poner a precio las cabezas de Rodríguez y Neira. Apremió a Quintanilla para que fuera más diligente en la persecución de los montoneros. Este jefe consiguió rodear en Cumpeo la banda de Neira y tomar cuatro prisioneros, que se fusilaron inmediatamente y cuyas cabezas se trajeron a Curicó para exponerlas en los caminos. Pero este contratiempo estuvo compensado con las ventajas obtenidas por Manuel Rodríguez cuando asaltaba el 6 de enero de 1817 melipilla con un contingente de 80 patriotas, campesinos, rotos y algunos dones, mientras Francisco Salas y Feliciano Silva asaltan San Fernando.

 

Exasperado Marcó del Pont por los últimos asaltos de los guerrilleros patriotas, dictó otros bandos más restrictivos y arbitrarios aún que los anteriores y ordenó en los primeros días de enero el siguiente movimiento de tropas: el comandante don Manuel Barañao con su escuadrón de húsares de Abascal para la guarnición de San Fernando; para el cantón de Curicó y Talca al coronel don Antonio Morgado con su escuadrón de dragones y una parte de los carabineros de la Concordia y al coronel Quintanilla con una partida de este último cuerpo para resguardar el boquete del Planchón. Quintanilla levantó una fortificación en el camino de la cordillera, a la orilla derecha del río Claro, afluente del Teno y en el mismo lugar que desde entonces se llama «La Trinchera».

 

Villota más animado con el éxito de sus correrías y con la noticia de los asaltos de Melipilla y San Fernando, resolvió sorprender la villa de Curicó. Obrando con cautela y suma actividad, aumentó en la vasta hacienda de Teno su montonera como a cien hombres, compuesta de sus inquilinos, de algunos bandoleros de Teno, de campesinos remunerados por él y de varios jóvenes y hacendados amigos suyos que le servían de oficiales. Entre éstos, se distinguían por su valor o por su conocida posición don Juan Antonio Iturriaga, don Joaquín Fermandois, don Manuel Antonio Labbé, don Matías Ravanal y don Fernando Cotal. La gente de Villota estaba muy mal armada; apenas tenía algunos sables, tercerolas y chuzos, insuficientes para cien hombres. 

 

El bizarro capitán de la montonera sabía perfectamente por sus espías y amigos de Curicó que Morgado tenía bajo sus órdenes en la villa ochenta dragones y la compañía de cazadores del batallón Chillán. Por esto el plan que se formó fue sorprender las avanzadas españolas, efectuar una rápida entrada al pueblo y caer inopinadamente sobre la guarnición, retirarse enseguida a la cordillera y esperar allí la llegada de Freire. El fin práctico de este ataque no podía ser otro que alarmar a las autoridades de Santiago y atraer al sur más fuerzas de las destinadas a resistir al ejército libertador.

 

En la noche del 24 de enero Villota movió su montonera hacia Curicó; al venir el día llegó por el camino del oriente a las goteras de la villa. Todas las noches recorría los contornos de la población un grupo de caballería que se estacionaba de ordinario en las calles que daban acceso a los caminos públicos. El cuartel de la demás tropa realista estaba en la plaza de armas, contiguo a la cárcel y en el mismo lugar donde está ahora el edificio de la intendencia. 

 

En la madrugada del 24 de enero la patrulla que resguardaba la villa durante la noche se había ido a colocar en los pequeños llanos que entonces había al oriente, donde hoy está la alameda. Los montoneros de Villota fueron, pues a estrellarse con aquella partida volante, que los recibió con un fuego que puso en alarma a la fuerza de la plaza. Sin embargo, los guerrilleros patriotas dispararon sus armas y los más valientes cargaron con resolución; pero llegó un refuerzo de realistas que comenzó a hacer fuego desde los edificios inmediatos a la calle del rey, hoy del estado. La disciplina de tropas regulares pudo más que el arrojo y el espíritu de venganza que inflamaban los grupos desordenados de montoneros; al encontrarse con una resistencia seria, la guerrilla insurgente giró en confuso remolino y huyó en distintas direcciones. Además de uno o dos muertos, quedaron en poder de los españoles cinco prisioneros.

 

Morgado despachó inmediatamente en persecución de los fugitivos al capitán del batallón Chillán don Lorenzo Plaza de los Reyes con cincuenta hombres de este cuerpo y al teniente don Antonio Carrero con treinta dragones. Todo el día siguiente anduvieron estos oficiales tras de Villota y sus montoneros sin resultado alguno. En vano recorrieron la hacienda de Teno, amenazaron, ofrecieron recompensas y hasta hicieron ahorcar en las vigas de las casas de Villota al mayordomo José María Leiva para que confesara el lugar en que estaba escondido su patrón; todo fue inútil.

 

Entre tanto, Morgado mandó ahorcar a los cinco prisioneros patriotas. Como no hubiese en el pueblo verdugo que supiera aplicar esta clase de pena de muerte, fueron fusilados por la espalda y colgados en otras tantas horcas que se plantaron en la plaza. Al mismo tiempo Morgado mandó apresar a varios vecinos, a uno de los cuales, don Dionisio Perfecto Merino, remitió a Santiago, de donde se le mandó embarcar en la fragata Sacramento juntamente con muchos otros patriotas a quienes se trasportó a los presidios del Callao. Merino recobró su libertad a los dos años, pero murió de una enfermedad contraída en la prisión.

 

El capitán Plaza de los Reyes no omitía medio por su parte para dar con Villota. Por fin, el 27 de enero de 1817, halló a la montonera patriota en Huemul, el fundo más oriental de los que componían la hacienda de Teno. Se encontraban descansando inmediatos a un bosque y al camino que por las montañas de Huemul conduce a la República argentina, que era el transitado por los emisarios de Villota y San Martín. 

 

En el momento en que el capitán español llegó a donde descansaban los patriotas, los caballos estaban desensillados y pacían por las cercanías. Villota intentó resistir; mas, sobre ser escasa su fuerza, la tropa realista rompió sin dilación sus fuegos que ocasionaron la pérdida de trece hombres. La fuga se produjo; el valiente capitán de los insurgentes, fiado en la bondad de un brioso caballo blanco que montaba ese día, se apartó a un lado para llamar la atención de sus perseguidores y dar tiempo a los suyos a que escaparan. Desgraciadamente el caballo se atasca en una ciénaga; Villota se desmonta y se prepara a morir peleando. Amartilla una pistola para dispararle a un soldado del batallón Chillán, llamado Nicolás Pareja, que viene a atacarlo de frente; en el mismo instante el dragón Fermín Sánchez llega por atrás y le da un balazo que arroja al suelo mortalmente herido al heroico montonero. A continuación llegan otros soldados y lo acaban de ultimar a bayonetazos.

 

Cuando al fin pudieron reconocer el cadáver, se dirigieron a Curicó llevando atravesado en un caballo el cadáver del más valiente de los patriotas curicanos. Con un lujo cínico de crueldad y con evidente ultraje a la moral pública, Morgado lo hizo colgar desnudo el día 28 de enero en una horca que se plantó en la plaza de la villa, frente a la cárcel.

 

Mientras los capitanes de Marcó del Pont arremetían contra los civiles en venganza por las acciones de los montoneros, San Martín venía en camino a cruzar la cordillera comandando el Ejército Libertador de Los Andes.

“Ni Washington Ni San Martín”. La Labor De Rufino Blanco Fombona En La Construcción De Simón Bolívar Como El Libertador De América°


Hacia comienzos del siglo XX, el político e intelectual venezolano Rufino Blanco Fombona se lanzó a reconstruir y publicitar activamente la gesta y el pensamiento de Simón Bolívar tanto a nivel nacional como internacional, con el objetivo último de presentarlo y posicionarlo como el auténtico Libertador de América. Para ello, encontró en el nacionalismo “exclusivista” argentino y el imperialismo estadounidense, así como en las figuras de San Martín y Washington, dos adversarios fundamentales capaces de revelar la excepcionalidad del proyecto bolivariano, contribuir a despejar el camino para una Venezuela que —no obstante sus gobernantes de turno— detentaba una grandeza originaria y, en última instancia, situar al responsable de llevar a cabo esa empresa en un lugar de auténtica conciencia moral y clarividencia intelectual en la escena cultural hispanoamericana de la época.

 

Ensayo escrito por María Laura Amorebieta y Vera

Fuente: Cuadernos del Sur – Historia 53 (2024), 177-199, E-ISSN 2362-2997

 

Bolívar En La Gesta Emancipadora Y La Organización De Los Estados En Hispanoamérica

 

Una de las principales preocupaciones del intelectual consistió en demostrar la centralidad y excepcionalidad que tuvo Bolívar al momento de sellar la derrota del ejército español en América y sentar las bases para la construcción de un orden republicano. Para ello, Blanco Fombona prestó especial atención a otros héroes y experiencias revolucionarias con el objetivo de respaldar sus tesis centrales, concentrándose en dos casos específicos que, según su opinión, mejor ilustraban el carácter extraordinario de la obra política y militar del Libertador. Así pues, el 29 de marzo de 1906, Blanco Fombona escribía desde la cárcel lo siguiente:

 

A Bolívar no se le puede comparar con Washington porque Bolívar es un genio, mientras que Washington no fue sino un gran hombre (…). Ni con San Martín, el otro capitán de Suramérica, porque San Martín no fue sino un general, un gran general, mientras que Bolívar fue un Caudillo continental, un legislador, un tribuno, un escritor, un genio político. San Martín puede compararse más bien con Sucre y con Washington, a quienes iguala en desprendimiento patriótico. Con Bolívar no. Hay desemejanzas de temperamento: San Martín era severo, frío y Bolívar arrebatado y elocuente; desemejanza de educación: San Martín se levantó en los cuarteles y Bolívar en los salones; desemejanza de tendencias políticas: San Martín, servidor del absolutismo de Carlos IV, era conservador y monarquista, Bolívar liberal y republicano; desemejanza de cultura: San Martín ignoraba hasta la ortografía, mientras que Bolívar era un pensador, un artista de la palabra escrita y de la palabra hablada. 

 

Con Washington la diferencia es también grande. Washington nace pobre y muere rico. Bolívar nace rico y, en servicio de América, se arruina. Washington, en vida, no da libertad a ninguno de sus esclavos negros. Bolívar en una sola de sus haciendas patrimoniales, otorga la libertad a 1.000 negros que valen 300.000 dólares. 

 

Ni  Washington  ni  San  Martín  columbraban  el  futuro;  Bolívar  lo  predecía, no por don profético sino por inducciones e intuiciones geniales” (Blanco Fombona, 2004). 

 

Si Bolívar resultaba, para el escritor venezolano, un héroe inigualable, aunque injustamente menospreciado e ignorado, entonces confrontarlo con las célebres figuras de Washington y San Martín podía servir para ejemplificar y difundir la superioridad política, militar, cultural, ideológica y moral del primero. De modo que, puestos uno al lado del otro, el Libertador no solo resultaba un “genio político”, sino el auténtico exponente y principal defensor de la empresa independentista, del republicanismo e, incluso, del humanismo a nivel continental y mundial. 

 

En efecto, a diferencia de Washington, a quien no le quitaba “una hora de sueño” lo que sucedía “más allá de sus patrias fronteras” y quien predicaba “a su país el aislamiento indiferente que él deseaba para sí mismo”, a “Bolívar lo devoró la inquietud de la libertad y de la humanidad” (Blanco Fombona, 2004). 

 

Según Blanco Fombona, “nada humano le fue indiferente”, lo cual explicaba que hasta hubiera soñado “con llevar la independencia a Filipinas y la República a España”. El ejemplo del héroe norteamericano, quien había efectuado “una carnicería de colonos franceses” “campañas contra los indios, a la sombra del Gobierno colonial” (Blanco Fombona, 1981), le resultaba nuevamente apropiado para probar la naturaleza idealista y altruista de Bolívar: 

 

Llega la revolución de su patria por razones independientes a la voluntad de Washington: el Congreso le nombra jefe del Ejército. “Obligados a tomar las armas —dice a sus tropas—, no soñamos ni gloria ni conquistas; pero queremos defender hasta la muerte nuestros bienes y nuestra libertad, heredados de nuestros padres”. 

 

Los bienes heredados preocupan su espíritu tanto como la libertad. En Bolívar no ocurre nada semejante. (…) 

 

Washington  tiene  las  limitaciones  y  el  egoísmo  práctico  de  su  raza. Bolívar piensa en el mundo, Washington en su tierra (Blanco Fombona, 1981).”

 

Igualmente, Blanco Fombona se serviría de algunos juicios que historiadores y políticos chilenos habían elaborado sobre la personalidad y el accionar de San Martín, los cuales le posibilitaron seguir nutriendo la idea de que Bolívar había sido ideológica y moralmente superior no solo a Washington, sino también al héroe argentino:

 

San Martín era taciturno; astuto, intrigante, desconfiado; Amunátegui y Vicuña Mackenna, sus admiradores, escriben en “La Dictadura de O’Higgins”, respecto al rioplatense: “En política no tenía ni conciencia ni moralidad. Todo lo creía permitido. Para él todos los medios sin excepción, eran lícitos”. “Por temible que fuera en un  campo  de  batalla,  lo  era  todavía  más  dentro  de  un  gabinete  fraguando tramoyas, armando celadas, maquinando ardides…”.

 

Así  desaparecieron  asesinados:  Manuel  Rodríguez,  el  tribuno  Liberal;  los  hermanos  Carrera,  primeros  libertadores  de  Chile;  Ordóñez, el jefe español vencedor en Cancha Rayada; otro jefe de la Península, Osorio, y los demás prisioneros españoles de San Luis. Bolívar mató mucha más gente; pero de otro modo: dicta la franca proclama de “guerra á muerte, fusila á la luz del sol” (Blanco Fombona, 1913).

 

Por lo tanto, aunque Bolívar también había cometido fusilamientos, lo habría hecho mientras era “el más débil”, cuando era “solo un Jefe revolucionario” que no ocupaba “más territorio sino el que” ocupaban “sus tropas” (Blanco Fombona). Cuando se convirtió en “jefe del Estado, de veras Presidente, con una Capital y un Gobierno estables”, el Libertador —remarcaba Blanco Fombona— “casi siempre” perdonaba (1981). En este sentido, la atribución a Washington de un carácter egoísta y materialista, así como a San Martín de un espíritu conspirador y desleal, le permitían al escritor venezolano erigir, por contraposición de términos, la imagen de un Bolívar honrado, generoso y bondadoso, cuya obra —no dudaba en afirmar— había sido “una de las más raras en la historia del mundo”, ya que había cumplido “casi sin elementos y a despecho de la naturaleza y de los hombres, una de las empresas más grandiosas que tocó (…) a un héroe” (Blanco Fombona).

 

A su vez, ese argumento parecía verse aún más reforzado si se prestaba atención a la dimensión cuantitativa de la gesta bolivariana. Es que, según recordaba Blanco Fombona, el Libertador había “emancipado cuatro veces más millones de colonos que Washington”. Asimismo, “mientras San Martín libró en América solo dos batallas y un combate, con pérdida de 1.027 soldados, Bolívar asienta su gloria de guerrero sobre cuatrocientas setenta y dos acciones de armas”. A ello era posible añadir que el prócer argentino había cruzado “los Andes una vez”, a diferencia del fundador de la Gran Colombia, que “los pasó, con ejércitos triunfales, varias veces”.

 

Sin embargo, habría habido un aspecto central en la trayectoria de Bolívar que lo distinguía de los otros dos héroes continentales, posicionándolo en un lugar de indiscutida excepcionalidad:

 

Bolívar no consintió en ceñirse la corona. Por una u otra razón no consintió: “El título de Libertador —escribe a Páez— es el mayor de cuantos ha recibido el orgullo humano. Me es imposible degradarlo”. No creían que siendo tan poderoso fuera tan abnegado. Benjamín Constant escribió en un periódico de París: “Si Bolívar muere sin haberse ceñido una corona, será en los siglos venideros una figura singular. En los pasados no tiene semejante. Washington no tuvo nunca en sus manos, en las colonias británicas del norte, el poder que Bolívar ha alcanzado entre los pueblos y desiertos de la América del Sur”. 

 

Pero Bolívar despreció cetro y manto imperiales. (…)”

 

Y si no consintió en ceñirse la corona tampoco convino en que Colombia llamara a un rey extranjero (…).

 

Y si no aceptó la corona, ni quiso que un extranjero viniera a ceñírsela en Colombia, impidió también, por medio de la diplomacia y aun de la firmeza, que otras secciones de América se monarquizasen y se diesen a príncipes europeos”. 

 

De esta forma, Fombona haría especial hincapié a lo largo de sus escritos en la extraordinaria cantidad de poder acumulada por el Libertador, su firme abnegación expresada en su negativa a coronarse y, sobre todo, en su lucha por establecer en el territorio americano la forma de gobierno republicana. Esto lo llevaría a adentrarse en el debate sobre monarquismo y republicanismo y, específicamente, a subrayar que las tendencias “monárquicas” desplegadas en una importante porción del subcontinente americano habían surgido de la mano de San Martín y las autoridades argentinas: 

 

La Argentina solicitaba un hijo de Carlos IV para rey de aquella sección  americana….  Bolívar  escribe, dirigiéndose al director supremo de los Estados Unidos del Río de la Plata: “Ligadas mutuamente entre sí todas las repúblicas que combaten contra la España, por el pacto implícito y a virtud de la identidad de causa, principios e intereses, parece que nuestra conducta debe ser uniforme y una misma…”. 

 

Con el Perú fue más explícito. El general San Martín había celebrado  en  Punchauca  un  pacto  con  el  virrey  Laserna,  pacto  por  el cual se sometería y entregaría el ejército patriota al virrey, y San Martín en persona se embarcaría para España a solicitar (…) un príncipe para el Perú, país que debía erigirse en monarquía, con Chile y la Argentina. Si bien dicho pacto, útil para acabar con la guerra, nunca se concretó, permitió a los patriotas disponer de tiempo suficiente para engrosar sus filas y disponerse a llegar a Lima en mejores condiciones. 

 

Fuente: Cuadernos del Sur – Historia 53 (2024), 177-199, E-ISSN 2362-2997

Casimiro Marcó Del Pont, El Personaje Preciso Para Que San Martín Invadiera El Reino De Chile

En diciembre de 1815. Fernando VII enviaba a Francisco Casimiro Marcó del Pont como nuevo Gobernador de Chile. Su misión: mantener el control de la colonia y sofocar los brotes independentistas. Pero Marcó del Pont, un hombre cargado de títulos y medallas, pronto demostraría ser todo menos el líder que el ejército realista necesitaba. Su indecisión y falta de visión llevaron al desmoronamiento del poder español en Chile.



Marcó del Pont (en Revista Zig-Zag, 1905).
Marcó del Pont (en Revista Zig-Zag, 1905).


Marcó del Pont llegó a Chile en un momento crítico. Reemplazaba a Mariano Osorio, quien había derrotado a O’Higgins en Rancagua y reconquistado el país en 1814. Sin embargo, su nombramiento no fue bien recibido. Según el historiador Salvador Sanfuentes, Marcó era ‘un palaciego desprovisto de mérito efectivo, imprudente, presumido y cruel’. Estas cualidades, lejos de fortalecer la causa realista, la debilitaron.

 

Por otra parte, es necesario destacar que en ninguna referencia “no chilena” se hace mención, más allá de los hechos concretos de una biografía tipo, hechos demostrativos de su carácter o elementos destacables de su personalidad, actitud frente al enemigo o cualidades de análisis estratégico. Dando la impresión que su ascenso en el ejército español durante las batallas napoleónicas, son más bien una muestra de formalidad, llenos de solemnidad, protocolo y abundancia de medallas, propio del trato entre oficiales de todos los ejércitos.

 

Sin embargo, al revisar autores chilenos, se puede destacar cierta exageración a la forma y el fondo del carácter de Marcó del Pont así como un desmérito a sus decisiones administrativas, como Gobernador, y a sus decisiones militares, como responsable de la defensa del Reino de Chile. 

 

“Marcó era ‘un palaciego desprovisto de mérito efectivo, imprudente, presumido y cruel’. Salvador Sanfuentes

 

“De estas condiciones morales era el mandatario llamado a defender el territorio del que se creía dueño y señor. Y así solamente puede explicarse la facilidad de caer en los ardides de San Martín. A tal punto de convencerse de que la tan anunciada expedición libertadora de los Andes sería siempre irrealizable”. Enrique Monreal.

 

Joaquín Edwards Bello menciona: "A Marcó del Pont, que era un hombre fino, de los mejor educados y de excelente tronco, algo raro entonces, le dieron fama de afeminado, simplemente por su limpieza, su elegancia, y el pecado de haber traído ciertos adelantos a una ciudad cuyo estado entonces era indescriptible a causa de su atraso y suciedad. En Santiago no había vidrios, ni letrinas, ni más alumbrado que el de las velas de sebo, sostenidas en pelotas de barro que sacaban a mano de las acequias. El entretenimiento de los niños era la pedrea. Lo que ahora llamamos guate, de W.C., era el zambullo, un canco hediondo que sacaban de las casas y cantinas una vez al mes. En otras partes ponían el excusado encima de la acequia en el tercer patio. En la Plaza ocupaban todo un costado los vendedores de ojotas. Las ojotas viejas quedaban en el suelo y servían los domingos para la llamada guerra de ojotas. Con este calzado combatieron los ejércitos patriotas. A esta ciudad trajo el señor Marcó del Pont alguna escupidera, peines, cepillos, jabones finos, y algún carruaje con vidrios, todo lo cual pareció insólito. Le compararon con la Pompadour y le dieron fama de afeminado. Poco cuesta desfigurar a las personas…”

 

Pese a esa condición de ser español, realista y estar al mando del proceso de reconquista, sus acciones en la administración del reino y las decisiones en el ámbito de la defensa militar, creó el ambiente preciso para permitir que el Ejército Libertador se hiciera la idea y se planificara el cruce de Los Andes, sino que además lo ejecutara con mínima resistencia; además, permitió el desdén en la cadena de mando del ejército realista, causando que la improvisación y el extremo cuidado eliminara toda posibilidad de éxito en la defensa del reino de Chile. Sus acciones o carencia de ellas se reflejan en la eficacia del Ejército Libertador para lograr sus objetivos y el cumplimiento del plan de San Martín a cabalidad.

 

Marcó del Pont diseñó un plan de defensa que, en teoría, parecía sólido. Dividió el territorio en tres zonas y concentró sus tropas en Santiago, creyendo que era el punto clave para resistir la invasión patriota. Sin embargo, su indecisión y falta de tácticas claras lo llevaron a cometer errores cruciales.

 

Dividió el territorio en tres zonas: Zona norte entre Aconcagua y Cachapoal. 2da Zona Central entre el río Cachapoal y el Maule; y la 3era Zona entre el río Maule y Valdivia. Los Jefes de estas zonas perseguían a los patriotas, mandaban pequeños piquetes a la cordillera y por último se prohibió andar montado entre los ríos Maipo y Maule.

 

También pensó Marcó del Pont fortificar el Cerro Santa Lucía y resistir allí hasta los últimos extremos.

 

En las ideas expuestas, Marcó trazaba en pocas líneas su mejor plan de defensa: “Con una seguridad militar, dice don Diego Barros Arana, que la historia no le ha reconocido, había resuelto disponer sus tropas en Santiago y sus cercanías, a fin de dirigirlas oportunamente y en un solo cuerpo sobre el punto verdaderamente amenazado”.

 

Sus actos posteriores no concuerdan pues, con las bien meditadas ideas que, para defender el territorio que gobernaba, tuvo en un momento de feliz inspiración. Su absoluta indecisión y falta de tino le hicieron atolondrar y perder por completo toda calma para afrontar una situación que, con un poco de sangre fría habría podido, sin duda, dominar o por lo menos retrasar el desastroso desenlace que tuvo. Su pecho lleno de medallas y condecoraciones obtenidas en los campos de la adulación y de los empeños no guardaron armonía tampoco, por cierto, con el verdadero significado de esas insignias que tratándose de militares solo las deben cargar los que al contrario de Marcó del Pont, las obtienen en premio de verdadera abnegación y sacrificio por servir a la Patria.”

 

Dice Enrique Monreal que «Marcó del Pont tenía una visión estática de la guerra. No supo adaptarse a las tácticas móviles de San Martín. Su obsesión por proteger Santiago lo llevó a descuidar otros puntos estratégicos, como los pasos cordilleranos.” 

«El ejército realista contaba con aproximadamente 4.500 hombres, que corresponde a una fuerza equivalente al Ejército que estaba preparando San Martín. Su ejército estaba distribuido en batallones como el Talavera, el Chiloé y el Valdivia. Sin embargo, estas tropas estaban dispersas desde Copiapó hasta Concepción, cubriendo más de 1,000 kilómetros. Esta dispersión dificultó una defensa coordinada.»

 

Chile en esta circunstancia era, la parte central, el valle de Aconcagua, entre San Felipe y Los Andes en donde se juntan los caminos de Uspallata y Los Patos y de donde arranca también el camino principal a Valparaíso y frente también a la base principal de operaciones de los patriotas, Mendoza.

 

Era esta parte tan importante del terreno la que los realistas no debieron descuidar un momento, llevando su vigilancia minuciosa hacia el interior de la cordillera no solo para imponerse con toda certeza del avance del enemigo si no también para impedirle en lo posible dicho avance a fin de dar tiempo a la preparación y concentración del ejército.

 

La defensa del camino de Uspallata, dice el Coronel Bertling, era más fácil que la del cajón del río Putaendo, por el lado realista y el acercarse a Los Andes había muy buenas posiciones para impedir al agresor la salida del desfiladero. Desde Los Andes se podía impedir al invasor comunicarse por la orilla derecha del río Aconcagua con el cajón del Putaendo y quedaba más cerca la Cuesta de Chacabuco.

 

A cargo de esa región de Aconcagua y de la exploración de los caminos se encontraba desde la 2da quincena de enero de 1817, previo a la Batalla de Chacabuco, el Mayor Marqueli quien después que recorrió el camino de Uspallata fué reemplazado por el Coronel Atero, Jefe del Estado Mayor del Ejército realista.

 

Las tropas que se dedicaban a cubrir esta zona no alcanzaba a 600 plazas con 2 pequeñas piezas de artillería, de las cuales (tropas) se habían hecho avanzar pequeñas partidas en dirección de la Guardia de Achupallas y Guardia Vieja.

 

Con estas acciones, se estaba preparando la estrategia de una posible invasión patriota a Chile. Sin embargo, pese a que el ejército realista se encontraba en una posición defensiva, estática, cubriendo zonas que geográficamente ofrecía al defensor excelentes posiciones tácticas, con vías de abastecimiento completamente operativas, un pueblo subyugado a la represión, una oficialidad con experiencia reciente debido a las batallas contra Napoleón… Casimiro Marcó del Pont termina representando el fracaso más estrepitoso de una carencia de una visión militar estratégica acordes a todas sus ventajas operativas que acabo de mencionar.

 

Todo ésto hizo que el Ejército Libertador de Los Andes no solo haya podido cumplir con el plan trazado, sino que también, hasta el término del dominio español y la captura del Gobernador, los patriotas hayan encontrado en cada batalla la victoria, conduciendo a la definitiva liberación del yugo español y la independencia de Chile. 

 

Luis Fraczinet