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Un Abismo Bien Organizado... Por Nicolás Jean Pierre Figueroa

 

Escrito por Nicolás Jean Pierre Figueroa, Septiembre, 2026

Fuente: Diario Electrónico Polítika 

Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, con esa terquedad del trópico que no negocia. El asfalto huele a café barato y a fotocopia vieja. A los cuarenta y dos años, él termina de limpiarse la grasa de las manos con un trapo que ya no devuelve nada, después de haberle dicho cosas impublicables a la transmisión de un sedán japonés que debió morir en los noventa.

Adentro, sobre la mesa de la cocina, lo espera algo peor que el sedán.

 

Es una hoja tamaño carta. Arriba dice ÁRBOL GENEALÓGICO en letras que la maestra imprimió en negrita, y abajo hay ocho rectángulos vacíos conectados por líneas, más dos renglones al pie: País de origen de la familia: y Tradición familiar que más te gusta:. Entrega el lunes. Su hija se durmió a las nueve con la certeza tranquila de que el papá lo iba a resolver.

Son las tres de la madrugada y no ha escrito nada.

Ocho casillas. El problema no es que le falte información: es que le sobra, y que ninguna cabe en un rectángulo de cuatro centímetros. Empecemos por la burla exacta de la poliomielitis.

Por el lado del papá, en un pueblo del sur de Haití, hubo un niño que no conoció al suyo y que a los diez años enterró a su madre. Después vino la tuberculosis. Y detrás de la tuberculosis, como si alguien estuviera midiendo cuánto aguanta un cuerpo antes de romperse, vino la polio. Le dejó las piernas. La cabeza no la pudo tocar. Ese niño llegó a hombre en una fábrica de cemento organizando obreros, salió de la isla a los veinticuatro porque la policía del dictador ya tenía su nombre escrito, y pasó veintiséis años afuera enseñando economía y escribiendo la radiografía de esa dictadura, hueso por hueso, para que después nadie pudiera decir que no se sabía. Volvió el año en que el régimen cayó. Nunca se dejó cargar: subía él sus escaleras, con las muletas, respirando raro, mirando al frente.

En la hoja de la maestra no hay casilla para él. Los tíos abuelos no caben en un organigrama de ocho rectángulos: habría que ponerlo en el margen, con una flecha. Y sin embargo, sin ese hombre, no hay hoja, no hay niña y no hay nadie despierto a las tres de la mañana en esta cocina.

Por el lado de la mamá, cinco mil ochocientos kilómetros al sur, su bisabuela pasaba esos mismos años inclinada sobre un microscopio. Médica,investigadora, pulso de hierro. Trabajó en la vacuna contra ese mismo mal.

Uno perdiendo las piernas en el Caribe. La otra buscando en un vidrio la manera de que nadie más las perdiera. No supieron jamás el uno del otro.

La cura existía. Lo que no llegó a tiempo a esa isla fue la cura.

Décadas después, el relojero los sentó en la misma mesa. La mesa es él, con un lápiz en la mano y ocho rectángulos vacíos.

Al puerto de Galway llegaron con un solo bolso entre los dos.

El mayor era el que hablaba: el de las reuniones, el de los panfletos, el del partido. Le habían dado a elegir entre el barco y la horca, y estaba de un humor espantoso. El menor no había hecho absolutamente nada en su vida, salvo aparecerse esa mañana en el muelle con un abrigo prestado.

—Volvete a casa.

—Ya compré el pasaje.

—No tenés nada que ver en esto.

—Tengo que vos sos mi hermano —dijo el menor, y se acomodó el bolso, y no volvieron a hablar del tema en cuarenta años.

En el bolso había ropa, un poco de dinero y un libro que no era de él: se lo había robado al mayor la semana anterior y nunca se lo devolvió. Cruzaron el Atlántico hasta Buenos Aires y después el continente entero hasta Santiago, y el libro cruzó con ellos. Uno fue desterrado por sus ideas. El otro, por su hermano. El del abrigo prestado terminó siendo el padre de la médica.

La médica vivía en Los Plátanos 2967, en Macul, que no era una dirección sino una trinchera con cocina.

Su marido medía la tierra: topógrafo, trotskista, un hombre que le sacaba a los cerros décimas de grado con la misma fe con que le esperaba el turno a la revolución. Era lúcido y era alegre, que entre gente seria es una combinación rarísima. Trabajaba como si el mapa fuera a salvar a alguien y después se sentaba a la mesa con un buen vino, como buen chileno, a discutir de historia sin amargarse.

Sobre esa casa pesaba además el apellido Dinator Rossel, que en Chile no significa dinero: significa aulas. Isaura Dinator Rossel se recibió de profesora de matemáticas en 1903, cuando a las mujeres todavía había que explicarles por qué querían estudiar, y llegó a ser la primera mujer sentada en el Consejo de Instrucción Pública del país. Todavía hay un liceo en Santiago con su nombre en la fachada. Esa rama no dejó tierras ni oro. Dejó pizarrones y estantes.

El costado caribeño era igual de alto, solo que en otro idioma: venía de una isla que se inventó a sí misma a contrapelo del mundo entero, la primera república negra, la única que se soltó las cadenas sola. Ahí atrás hay un colono francés que una mañana se miró las manos y sintió asco, mandó los látigos al carajo, firmó la libertad de sus esclavos y huyó con precio sobre la cabeza hacia la única tierra del hemisferio donde ese gesto no lo convertía en loco sino en vecino. Y hay, sin un solo papel que lo respalde, un danés. Un mercader, dicen, de los que llegaban con las bodegas llenas y se quedaban hasta que el ron los convencía. Nadie ha podido probarlo nunca. Él lo deja ahí igual: en las familias que salieron corriendo, el rumor también es una forma de archivo.

Su abuela vino del norte, del desierto, frente a un mar que no se puede beber, y la bajaron a Santiago siendo niña. Detrás de ella hay una holandesa de pelo de fuego, hay una mujer de apellido del Báltico y hay un hombre que se ganaba la vida haciendo fotograbados para un diario de Valparaíso: fijar en metal las caras del día para que al día siguiente envolvieran pescado con ellas. Nadie en esta familia llegó jamás a ninguna parte en línea recta. Todos entraron dando un rodeo, por la puerta de atrás, y todos llegaron cargando papel.

Su abuelo hizo de eso un oficio. Escritor, educador, arisco con los suyos como solo puede serlo alguien que aprendió temprano que quedarse es peligroso. Pirata. La dictadura lo empujó fuera y nunca terminó de volver.

Primero fue México. Dio clases en la universidad enorme del sur de esa ciudad, en los mismos años en que un haitiano en muletas explicaba economía a unos pasillos de distancia. Dos exiliados, dos idiomas, el mismo campus, la misma hora del almuerzo. Jamás se vieron. Una generación después, sus familias iban a dormir bajo el mismo techo, en un país que ninguno de los dos había pisado todavía.

De México lo sacaron su hermana y el marido arquitecto, que le consiguieron a dónde llegar en Costa Rica. Alguien saca a alguien: es lo único que en esta familia se hace sin falta.

Iba en el octavo libro cuando lo presentó en un pueblo de la costa, entre otros desterrados que a esas alturas ya solo se aplaudían entre ellos. Este año va en doce escritos y once publicados. Vive en Brasil. Manda libros; no manda cartas. Le salía más fácilenseñarle a un país entero que a la gente de su propia mesa.

Por él, y por su hermana, la casa de Macul terminó desarmándose. A ella la echaron del trabajo por pensar lo que pensaba, y al marido de ella también. El hermano ya andaba afuera. Con el cerco cerrándose, se vinieron a Costa Rica.

Y entonces los viejos hicieron la cosa más grande de esta historia, que además no está escrita en ninguna parte.

—¿Y los muebles? —preguntó ella, de pie en el pasillo, con el delantal todavía puesto.

—Los muebles se compran —dijo él.

Andaban por los sesenta y tenían las semanas contadas para salir. Dejaron la cama, dejaron el comedor donde se había discutido medio siglo de historia de Chile, dejaron las ollas. Empacaron los libros: catorce cajas atadas con pita. Y empacaron lo que de verdad importaba, que eran dos nietos —un varón y una niña; la niña iba a ser su madre—, porque en esta familia los abuelos crían, es lo que hacen, es casi un oficio. Se subieron los cuatro a un barco y no se bajaron hasta el trópico. Ella, que había ayudado a que un virus dejara de tumbar niños en el mundo entero, se mudó al otro extremo del mapa por la única razón que le pareció seria.

Cuando por fin cayó el dictador hicieron el viaje al revés. No volvieron a morirse: volvieron a vivir lo que les quedaba en su idioma, en su barrio, con su vino, y les quedaba bastante más de lo que nadie calculaba. Nunca se habían mudado. Habían ido a buscar a sus hijos.

Sesenta años antes, un tipo con un abrigo prestado había subido a un barco por exactamente la misma razón.

Mientras tanto, del otro lado del mapa, otra isla se estrangulaba de terror. Él tenía veintipocos años, un programa de radio y la costumbre imprudente de hablar de la libertad en voz alta, de modo que su nombre terminó donde terminaban esos nombres: en una lista.

El que lo sacó fue el tío. El de las muletas. Para entonces llevaba años exiliado en México y conocía de memoria el procedimiento, porque se lo habían hecho a él: una gestión, un contacto, un pasaje, una casa al otro lado con la puerta abierta y un plato más en la mesa. El hombre al que la polio le había quitado las piernas fue el que lo puso a correr.

De México siguió hasta este valle, y no por casualidad. En México aprendió el español atropellado que después le duraría toda la vida y se ganó dos becas al mismo tiempo, con la obligación incómoda de elegir una: ingeniería en Rusia o economía en Costa Rica.

Un muchacho recién sacado de una dictadura, con el mundo entero ofreciéndole dos puertas. Eligió la del país que no tenía ejército. Así de simple: después de lo que había visto, le pareció el único dato realmente importante que puede tener un país.

Lleva más de cuarenta y cinco años aquí. Habla mejor español que la mitad del barrio y terminó dando clases en la universidad que queda a unas cuadras de este taller, que es una manera elegante de decir que el hijo se pasa el día arreglando carros en las mismas calles donde el papá se pasó la vida explicando cosas.

Ella tampoco era nada todavía. Había llegado a los diecisiete, criada por sus abuelos, y estaba sentada en un aula de la Universidad Nacional, en Heredia, allá arriba entre cafetales.

Él le prestó un libro. Ella no se lo devolvió nunca —en esta familia no se devuelve ningún libro, es un rasgo hereditario, prácticamente un color de ojos— y cuarenta años después el libro sigue en la sala de la casa de ellos, con el nombre de él escrito en la primera página con una letra que todavía no era la letra de un maestro, porque todavía no era maestro.

Eso vino después, y vino junto. Los dos terminaron educadores: él, intelectual y profesor, las dos cosas a la vez; ella, media vida recorriendo Centroamérica y el continente con la cooperación canadiense, llevando educación a donde no llegaba y, sobre todo, llevando lo que no cabe en los informes —sensibilidad, humanismo, la idea rarísima de que a la gente pobre también hay que hablarle bonito.

No se reconocieron como colegas. Se hicieron colegas.

De ahí nacieron él y su hermana, en el punto medio exacto del desastre: desde esta cocina, la isla del papá queda a mil seiscientos kilómetros y el país largo de la mamá a cinco mil.

Y cuando volvió la democracia, se devolvieron todos. Los viejos primero, a morirse en su idioma. Después el resto: los hermanos, los tíos, las cajas, el país entero llamándolos de vuelta como si nada hubiera pasado.

Ella no.

Ella se quedó parada en la sala de un aeropuerto del trópico, con dos niños agarrados de las manos, viendo irse a toda su gente. Tenía un marido, un trabajo, un aula y una casa con un libro prestado en la sala. En un muelle de Irlanda, un siglo antes, alguien se había subido a un barco por no soltar a los suyos. Ella se quedó en tierra exactamente por lo mismo.

Es la única de esta familia que eligió quedarse. Por eso él existe aquí y no en otra parte.

Son las tres y veinte y el lápiz sigue sin bajar a la hoja.

Y acá viene la parte que no le va a contar a nadie: por un minuto entero, esta madrugada, los odia a todos. A los ocho, a los dieciséis, a los treinta y dos. Nadie le preguntó si quería cargar con esto. Lo que él quería era una infancia con un solo idioma y un abuelo que mandara cartas en vez de libros. Un apellido que no haya que deletrear. Un país. Uno solo, aunque fuera feo.

La hija duerme en el otro cuarto sin sospechar que su tarea de estudios sociales es una trampa.

Y afuera sigue lloviendo, y esta semana el barrio se llenó de faroles: el quince de septiembre este país sin ejército sale con desfiles de niños y tambores de lata a celebrar que un día le avisaron por correo, con meses de atraso, que ya era independiente. A él le gusta esa fiesta. Le gusta que aquí la independencia haya llegado en un sobre y no en una montaña de muertos.

Cuatro días antes fue el otro aniversario, el que no se celebra. En el país largo la gente volvió a salir a la calle, como sale cada once de septiembre desde hace cincuenta y tres años, con las fotos de sus muertos colgadas del pecho, caminando al mismo cementerio a preguntar lo mismo. Y como cada año, alguien mandó a la policía a pegarles. Da igual quién estuviera en el palacio esa vez: les han pegado los herederos de los que se robaron el país y les han pegado los que se dicen socialistas, los que marchaban con ellos antes de tener las llaves. Cambian los discursos; los carabineros son los mismos.

Y a la isla, doscientos años después de soltarse las cadenas sola, todavía le están cobrando la cuenta. Le pusieron precio a su propia libertad y la pagó en oro durante generaciones; cuando terminó de pagar, llegaron otros a explicarle cómo debía gobernarse. No la castigaron por haber perdido. La castigaron por haber ganado. Y lo más sucio no viene del norte: viene de al lado, de los que en este continente todavía se miran al espejo esperando ver a un europeo.

Siempre fue el mismo truco. La cura existe; nunca ha dejado de existir. Lo que no hay es quien la reparta.

Y ahí está lo que ninguna casilla va a poder registrar.

Porque los dos lados de esta familia, sin conocerse, sin hablar el mismo idioma, sin pisar nunca el mismo continente, estuvieron siempre en el mismo bando. El irlandés al que echaron por repartir papeles. El topógrafo que medía cerros de día y esperaba la revolución de noche, y que además se reía. La maestra que levantó escuelas públicas para niñas que nadie pensaba educar. La médica que se encerró en un laboratorio a pelear contra un virus que tumbaba sobre todo a los hijos de los pobres. El muchacho de la fábrica de cemento que organizó a sus compañeros con las piernas muertas y después le hizo la autopsia por escrito a una dictadura. El de la radio, hablando de libertad hasta que lo pusieron en una lista. El escritor que manda libros y no manda cartas. La mujer que se pasó el continente entero enseñando, y enseñando además que a la gente pobre hay que hablarle bonito.

Ninguno tuvo plata. Ninguno tuvo tierras. Todos tuvieron un lado, y siempre el mismo, y casi siempre el que pierde. En esa casa pueblo no fue nunca una palabra de discurso: era la lista de quiénes se sentaban a la mesa.

Eso es lo que se hereda de verdad. No la sangre: el bando.

En el cuarto del fondo cruje una cama. Después unos pies descalzos en el piso. Él alcanza a pensar, con toda su alma, que ojalá sea solo un vaso de agua. A las tres y media aparece en la puerta de la cocina, con el pelo hecho un desastre.

—¿Ya lo hiciste?

—Estoy en eso.

—¿De dónde somos?

Él mira la hoja. Ocho rectángulos, dos renglones, una maestra con buenas intenciones y una imprenta que nunca conoció a esta familia.

—Dame el lápiz —dice ella.

Y escribe, en el renglón del país de origen, con esa caligrafía enorme de los siete años, una sola palabra: varios. Después se va a dormir otra vez, porque a esa edad las cosas difíciles duran once segundos.

Él se queda mirando la palabra. Después agarra la guitarra, más que nada para no llorar en la cocina como un idiota, y busca a tientas el acorde exacto. Ese, no el de al lado. Hay un topógrafo midiéndole el silencio. Hay pulso de médica en los dedos. Hay dos maestros repitiendo el mismo compás cuarenta veces. Hay un hombre en muletas subiendo una escalera sin dejarse ayudar.

El acorde aparece.

La sangre pesa como el plomo. La única manera de cargarla es afinarla.

Esa misma madrugada, a cinco mil kilómetros, en una casa de Brasil donde hace un calor distinto, un viejo tampoco puede dormir. Lleva doce libros: once publicados y uno abierto sobre la mesa desde hace años, atascado, porque le falta el final. Ha escrito el muelle. Ha escrito las catorce cajas. Ha escrito el microscopio y las muletas y el desierto y el puerto.

Enciende la lámpara, se inclina sobre el cuaderno y escribe, sin saber de dónde le llega la frase:

Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, y un hombre se limpia la grasa de las manos.

En la cocina, el hombre levanta la cabeza. Por un segundo tiene la sensación exacta de que alguien acaba de escribir la lluvia que está oyendo.

Y sigue tocando, porque acá abajo no se ha acabado nada todavía; porque el lunes hay que entregar la tarea; porque en el otro cuarto duerme una niña que va a heredar un mapamundi cosido a cicatrices —un abismo, sí, pero un abismo bien organizado— y, junto con el mapa, la pelea; y porque en esta familia, ya se dijo, los libros no se devuelven.

Se heredan.

Cómo La Mosca Salvó Al Río. Relato Anishinabe - Indígena Norteamericano

Cómo La Mosca Salvó Al Río. Relato Anishinabe – Indígena Norteamericano

 

Del libro De Sur a Norte, Relatos de América

de Cecilia Beuchat y María Valdivieso

Ilustración de Paula Gutiérrez
El Alce y La Mosca. Ilustración de Paula Gutiérrez

 

Hace muchos, muchos años, cuando el mundo era nuevo, había un río hermoso. En él vivían muchos peces y sus aguas eran tan puras y dulces que todos los animales se acercaban a beber.

 

Un alce gigante supo de las bondades de este río y también fue allí a beber. Pero era tan grande y tomaba tanta agua, que muy pronto el nivel de ésta empezó a bajar más y más.

 

Los castores estaban preocupados. El agua cerca de sus viviendas estaba desapareciendo. Muy pronto sus hogares se destruirían.

 

Las ratas almizcleras también estaban preocupadas. ¿Qué harían si el agua desaparecía? ¿Cómo vivirían?

 

Los peces también estaban preocupados. Los otros animales podrían vivir en tierra si el agua se secaba, pero no ellos.

 

Todos los animales trataron de pensar en una forma de alejar el alce del río, éste era tan grande, que les daba demasiado miedo intentar algo. Hasta el oso le tenía miedo.

 

Al final, la mosca dijo que trataría de alejar al alce. Todos los animales se rieron y brularon. ¿Cómo podría una pequeña mosca asustar a un alce gigante? La mosca no dijo nada, pero ese día, no bien apareció el alce, se puso en acción.

 

Se posó en la pata delantera del alce y lo picó decididamente. El alce pateó con fuerza y cada vez que dejaba caer su pata, el terreno se hundía y el agua entraba rápidamente, llenando el nivel. Entonces, la mosca zumbó y se posó en todo el cuerpo del alce, picándolo por aquí y por allá, hasta que lo enfureció. Se abalanzó como loco por las riberas, agitando la cabeza, pateando, bufando y resoplando, sin poder deshacerse de esa mosca cargante. Finalmente, el alce huyó del río y no volvió nunca más.

Un Puto Día De Estos... Por Jon Kokura




Por Jon Kokura.

 

Hoy me echaron del trabajo por viejo y enfermo. Hace rato que tenían ganas de echarme, lo hicieron hoy. No sé hasta cuando voy a tirar con la plata de la indemnización por despido, creo que hasta que deje de pagar el alquiler del cuarto donde vivo. Después de eso, chau.

 

Me había acostumbrado a este lugar, sólo por los atardeceres y ella. La mujer que trabaja en la librería de la esquina. De tanto ir a comprar cualquier cosa aprendí su nombre; Melissa. Suena como susurro de campos de algodón.

 

Es bella, para mí la mujer más bella del mundo. Es encantadoramente dulce y cuando me mira sus grandes ojos negros cruzan mis pupilas como niños corriendo.

 

Por ella, este cuarto de porquería donde vivo es un palacio. Me gusta mirarla desde mi ventana cuando sale del trabajo. Enciendo un cigarrillo y al tercer pucho ella sale.

 

Hay un tipo que la espera todas las tardes. Conduce un Volvo último modelo, el sujeto tiene plata y sabe de autos. Los gélidos suecos hacen buenos autos, es las pocas cosas que saben hacer.

 

Nunca, ninguna vez el tipo se ha bajado a abrirle la puerta del auto a Melissa. Ni con luna, ni con sol. Se queda apernado al asiento como un imbécil. Ella sube al auto, le da un beso, a veces el tipo ni la mira. Y se van. Y yo los sigo mirando con todas mis miserias.

 

Hoy me echaron del trabajo, se veía venir, mis dedos agarrotados por la artrosis dejaban caer cosas. Veré hasta donde llego… 

 

Pero un día, un puto día de estos voy a bajar a la calle y al infeliz del Volvo le pondré en la cabeza el 38′ que tengo para despacharme de este mundo. 

 

Le voy a pedir gentilmente que se baje del auto y le abra la puerta a la dama como un caballero.

 

Eso haré, un puto día de estos.

El Delantal De La Abuela




“El primer propósito del delantal de la abuela era proteger la ropa de debajo, pero, además… sirvió como un guante para quitar la sartén del horno. Fue maravilloso secar las lágrimas de los niños y, en ocasiones, limpiar las caras sucias. Desde el gallinero, el delantal se usó para transportar los huevos y, a veces, los polluelos. Cuando llegaron los visitantes, el delantal sirvió para proteger a los niños tímidos. 

 

Este viejo delantal era un fuelle, agitado sobre un fuego de leña. Fue él quien llevó las papas y la madera seca a la cocina. Desde el jardín, sirvió como una cesta para muchas verduras después de que se cosecharon los guisantes, fue el turno de las coles. Y al final de la temporada, se usaba para recolectar manzanas caídas. Cuando los visitantes llegaron inesperadamente, fue sorprendente ver qué tan rápido este viejo delantal podía dejar el polvo. 

 

Cuando llegó el momento de servir las comidas, la abuela fue a la escalera a sacudir su delantal y los hombres en el campo supieron de inmediato que tenían que ir a la mesa. La abuela también lo usó para poner la tarta de manzana justo fuera del horno en el alféizar de la ventana para que se enfriara. Pasarán muchos años antes de que algún invento u objeto pueda reemplazar este viejo delantal.

 

En memoria de nuestras abuelas”

 

Autor : Angeles Fuentes

La Abuelita del mural se llama Rosa Moneo Vargas, conocida cómo la Jerezana del Delantal

Muralista: Juan Carlos Toro

El Tema Principal Del Pinocho Escrito En 1881 Nunca Fue La Mentira

Su autor Carlo Collodi era, además de escritor, un periodista y satírico muy prolífico, colaborador de publicaciones políticas y culturales y crítico incansable de los líderes de su país. Impregnado de todo aquello, su Pinocho pretendía ser un símbolo de la importancia de la educación y un alegato a la desobediencia (civil).


 

El personaje de Pinocho iba de desgracia en desgracia porque renunciaba a ir a la escuela. Malcriado por Gepetto, este joven de pino pasaba de todo. Llegó a patear a su creador, le robó hasta su peluca -Gepetto era calvo, al parecer- y fue metido en la cárcel, acusado de abuso y maltrato.

 

Contrario al encantador muñeco que muchos conocemos, el Pinocho primigenio era un personaje mal agradecido y vago, que a pesar de todo lo que hizo recibió cariño por parte de Gepetto. Sí es verdad, que la historia termina con un final parecido, aunque cambiando ballena por tiburón (se desconoce el tamaño, pero dentro había cabida para un Gepetto entero). Pinocho aprende la lección, pero la moraleja, entonces, no es que los niños siempre deban decir la verdad, sino que la educación es esencial. Una educación capaz de liberarle de ser una marioneta de verdad (de la sociedad y los políticos) y de un trabajo brutal, ese que, de otra forma, y como sucede en la fábula podría terminar convirtiéndole en un burro de carga. La educación para no ser un títere de los demás.

 

¿Por qué Pinocho se llama así?

 

En el cuento original, el joven al que da forma Gepetto está construido a base de madera de pino. En la creación de su denominación, el autor combinó las palabras “pino”, como el árbol del cual se sacó la madera, y “occhio” (palabra italiana que quiere decir ojo). Es decir, el significado literal de Pinocho es “Ojo de pino”, una combinación de dos palabras que pierde su semántica al reformularse el nombre en español.

 

Tve Televisión)

Nociones filosóficas

La Historia Detrás De Los Libros

 

Hace unos días sonó el teléfono. La típica pregunta:

- ¿Ustedes compran libros?
- Sí, compramos.
- Tengo muchos libros que quisiera vender.
- ¿Cuántos más o menos?
- Son muchos
- ¿Mil, doscientos, cien, cincuenta?
- La verdad que no tengo idea, no los conté, pero son bastantes, es toda una pared.
- Ah. Está bien. ¿Y de qué tema?
- Hay variado. Novelas, historia, política.
- Bueno. Los tendríamos que ver.
Anoto la dirección y arreglamos.
Al otro día voy a ver los libros. Era una vieja casona en Flores. Toqué el timbre y salió a abrirme una mujer. Debía andar por los cincuenta.
- Pase. Están por ahí.
Era una biblioteca de una pared, tal como me había dicho.
- ¿Quiere tomar algo?
- No. Gracias.
- Bueno, lo dejo que mire tranquilo entonces.
Me pongo a revisar y a bajar los libros que me interesan. Hay de todo: ficción, filosofía, ensayo, historia.
En un momento, la mujer se acerca y se inclina sobre una de las pilas:
- Permiso – me dice.
Levanta un libro, lo abre y se pone a mirarlo. Eran los cuentos de London en una vieja edición de Zig-Zag. Cuando lo apoyé sobra la pila de libros, me acuerdo que pensé que probablemente me lo quedaría.
Sigo revisando la biblioteca mientras la relojeo por el rabillo del ojo.
Después de unos minutos la mujer lo cierra con fuerza y se queda en silencio. Percibo que su respiración se acelera.
Trato de seguir mirando los libros hasta que en un momento a la mujer se le escapa un sollozo.
- ¿Está bien?
- Sí. No se preocupe. Es que este libro me lo leía mi padre antes de dormirme cuando era chica. Durante años le pedía siempre las mismas historias.
Le sonrío.
- Era un gran lector. Su padre – digo por decir algo.
- Sí. Gracias.
Sigue llorando, no sé qué hacer. Me acerco y la abrazo. Es una nena en mis brazos.
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
Al final nos separamos. Con embarazo y todavía moqueando me dice:
- Disculpe. No sé qué me pasó.
- No tiene nada de malo. Es lo más normal del mundo.
- Siga, no lo molesto más – dejó el libro donde estaba y se fue a sentar en un sillón.
- Consérvelo, señora.
- No, no, lleveselo. Es mejor así.
- En serio, ¿por qué no se lo queda?
- No, de verdad, gracias.
No insisto. Después de una segunda revisión, separo alrededor de ciento cincuenta libros. Le hago una oferta que ella acepta sin dudar.
Saco las bolsas de la mochila y empiezo a embolsar los libros.
- Bueno, listo.
- Le abro.
Cuando se da vuelta para ir hacia la puerta, saco el libro de London que había dejado primero en una de las bolsas, y lo dejo detrás de una pequeña escultura en la mesa ratona.
Nos despedimos en la puerta. Cargué los libros en el auto y me fui.
Tal vez, cuando vuelva a entrar o cuando llame a otro librero por lo que quedó, lo vea y decida conservarlo. Tal vez se de cuenta que en ese libro aun está la voz de su padre, porque la voz de los lectores queda atrapada para siempre en los libros, y cada libro tiene todas las voces que alguna vez contaron su historia.
Quizás no lo sabía o no lo pudo ver, por el dolor o la sorpresa.
Quise darle otra oportunidad, todos nos merecemos una.

Fuente: Las Cuatro Esquinas, Una Intersección Literaria
Autor desconocido

Gallinas... Por Rafael Barret

Rafael Barrett, 1910. 


Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. 

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. 

Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. 

Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil. 

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. 

Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. 

Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver. 

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario... 


Sobre el auto en Traficantes




Rafael Barrett, de nombre completo Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo (Torrelavega, Cantabria, España, 7 de enero de 1876 - Arcachón, Francia, 17 de diciembre de 1910) fue un escritor español -narrador, ensayista y periodista- que desarrolló la mayor parte de su producción literaria en Paraguay, resultando una figura destacada de la literatura paraguaya durante el siglo XX. Es particularmente conocido por sus cuentos y sus ensayos de hondo contenido filosófico, exponente de un vitalismo que anticipa de cierta forma el existencialismo. Conocidos son también sus alegatos filosófico-políticos a favor del anarquismo.

Cuentos Breves Y Otras Anécdotas. No Apto Para Escépticos Por Boris Briones


Entre el cielo y el suelo...
Por Claudia Molina


¿Qué tiene en común un extraterrestre, un loco enamorado y un pequeño gorrión lector? Antes de decir algo, no debemos olvidar que cada elemento que la literatura nos trae es un intento de lo que Auerbach llamó Mimesis, ese interés que tienen la literatura de dar cuenta de la realidad, es por eso que los elementos antes mencionados, más otros que están presentes en el texto “Cuentos breves y otras anécdotas: no apto para escépticos” (2011) dan cuenta de una imitación de la realidad y se encuentran como dice la canción en ese mítico espacio entre el cielo y suelo...

Sin embargo, Boris Briones (Concepción, 1989) no se detiene en una servil mimesis, sino que también se atreve transgrediendo, como lo hizo Vicente Huidobro, la realidad. Creando sus propios elementos, paradójicos e irónicos en algunos casos, pero que sirven para explicar y dar cuenta de un mundo joven, que es así….como lo fue el terremoto y como es el infierno en el cielo. ¿Habrá leído Boris a Borges para crear una realidad dentro de otra…habrá leído a Góngora para traernos semejantes paradojas? Sin duda, todo buen escritor es un buen lector, y como tal Boris no deja fuera de su texto los grandes temas como el amor, la amistad o la curiosidad, los incluye, pero con este gesto subversivo, se atreve a replantearlos no buscando resaltar, sino como parte de un proceso que busca hacer un prisma donde veremos no sólo parte de su experiencia de vida, sino también reconocemos la empatía con los lectores.

Volviendo a nuestro espacio entre el cielo y el suelo….reconozcamos que la realidad más personal suele ser la más colectiva…como dijo Gabriel García Márquez: “lancemos nuestros libros al mar y quedémonos con la realidad….la realidad nos ha superado”..por lo que la validez de escribir una carta y que la lea un gorrión o que el amor puede volvernos locos en trece días o bien que el amor es horror o la ingenuidad de una anciano ante un texto…todos temas personales, nos llega para asombrarnos y para sacarnos del escepticismo para creer, pero para creer que la literatura es posible y que leer y escribir pueden ser ejercicios normales.

Finalmente me remito a una imagen final: la de un profesor de literatura y sus divagaciones frente a la sala de clase y al alumno del final de la sala en silencio…esa también es una imagen que se da entre el cielo y el suelo.

Septiembre, 2011.

Fuente: http://cuentosbreves.net/

Archivo de 1,3 MB en formato PDF.

Consejos Para Un Pintor Principiante... La Nancy - Historias Mal Escritas

Hay tantas maneras de llamar la atención, yo les recomendaré una infalible, salga usted a pintar al aire libre, escoja un parque, una playa o participe en los concursos de pintura para pintar in situ, la gente llegara como la moscas a la miel, rondarán, rondarán en silencio hasta que un chispazo de ingenio les llegara y al fin preguntarán ¿está pintando? ¿Usted es pintor? Si exactamente igual que cuando se cae una persona en una calle, inmediata mente un peatón muy atento le pregunta ¿se cayó?

Al poco rato ya en confianza le contara que cuando era niño tenía puros 7 en dibujo,
- Ah! viera usted los dibujos de mi nieto, ¡esos sí que son lindos!, si viene otro día se los a traer para que los vea
Ya va tomando forma la pintura y viene la pregunta del millón
¿Y la vende?
Usted le contestara honestamente que es muy difícil vender que la guardará para más adelante, de repente un golpe de suerte ¿quién sabe?

Le sorprenderá que lo contradigan, todos conocen a alguien que pinta como malo de la cabeza y lo vende todo en el paseo peatonal. Acepte con humildad el consejo para no herir los sentimientos de su admirador o admiradora a lo mejor en una de esas tiene razón.

Seguro le preguntará cuánto cuesta la pintura, él o ella querrán tenerla si la vieron nacer desde un bosquejo. Y ahí a lo mejor usted, como todos sus colegas, no le dará el precio ya que lo más seguro es que está muy lejos de su presupuesto y la respuesta otra vez lo sorprenderá.

- ¡que pena que no lo venda yo le hubiera dado hasta 5.000 pesos.

Bueno y todo esto para contarles lo que le paso a mi compadre Albino Echeverria, una vez pintando en pleno campo, alejado de la gente, Pero igual llego un invitado de piedra, el pintaba con la incomodidad de saberse observado, seguramente esperando el segundo en que le preguntaría ¿está pintando? Pero no, este mirón parecía mudo, pero molestaba igual, los minutos pasaban y mi amigo se preparaba para simplemente mandarlo a buena parte, contaba hasta 10, y nada hasta que se decidió, es que ya era insoportable trabajar sintiendo la respiración casi en hombro, se dio vuelta decidido, pero no pudo decirle nada... el mirón era una vaca.


La Nancy

Lanzamiento Cuentos Contra La Amnesia


Lanzamiento del Libro: "Cuentos Contra La Amnesia" de Darin Rodríguez

Presentan: el Actor Erto Pantoja y la Actriz Isis Baeza.

Lugar: Club de Leones de Tomé
Fecha: Miércoles 24 de Noviembre de 2010
Hora: 19:30 horas

Darwin Rodríguez.

Darwin ha trabajado desde los 80 hasta ahora para que la comunidad de Tomé, y principalmente las generaciones jóvenes, tuviera y tenga un aprecio cultural de lo que aquel pueblo ha producido y no quede jamás en el olvido. Yo creo que Darwin durante todos esos años ha ayudado mucho a recuperar la memoria cultural de Tomé

Javier Campos
Escritor, Columnista y Académico de Asuntos de América Latina en la Universidad Jesuita de Fairfield, Connecticut, EE.UU.

Miedos... La Nancy (Historias Mal Escritas)


Todos los niños se pusieron a llorar, a causa de una mentira de su mamá, esta amiga mía amenazo a sus niños con _"si no se comen la comida se los llevara el viejo del saco”- mientras lo decía miraba por la ventana para hacer más creíble su cuento, los niños se bajaron de sus sillas y corrieron a la ventana ella se interpuso a lo que ellos respondían gritando

- yo quiero verlo, yo quiero verlo- al llegar a la ventana no había nadie y se pusieron a llorar -No lo vi, por tu culpa no lo vi

¿Qué paso con el viejo del saco? Ya no asusta, nosotros fuimos los últimos ingenuos que creíamos en los brujos que volaban en la noche, en las gitanas que se robaban los niños, los espíritus en las casas que penaban, justo cuando uno estaba solo, se temía también a las personas que hacían mal de ojo, las casas cargadas y mucho mas. Pero de todos los miedos el que permanece en chileno es la pobreza, no a la pobreza misma es a que la gente que te rodea piense que eres pobre. Entonces hay que disfrazarla, algo más importante que superarla. Hay que ocultarla detrás de prendas de marcas, con un asado el fin de semana o cuando se pueda. Celebrar cuanta fiesta inventan los comerciantes. Yo no recibí huevos de pascua cuando niñas y no es porque no los hubiera, me explicaron que era una fiesta de los alemanes y punto. Tampoco fiesta de los enamorados, el día de la madre era muy sencillo y el día del padre un abrazo estaba bien, la navidad era para los niños, con un presente bastaba, una cosita, un juguete, lo que estuviera al alcance del bolsillo, porque no había tarjetas de crédito, el arbolito y la comida en familia era la fiesta, ahora no, que no se vea miseria, a endeudarse como malos de la cabeza como si el mundo se fuera a acabar

¿Logran su objetivo?, por supuesto que no. A veces eso hace más evidente sus carencias

Como les explico que la pinta no lo es todo lo malo de la pobreza es cuando viene de la mano con la ignorancia engañados por la publicidad, ven la superación solo en la apariencia. A mí me sirvió de mucho los años de escases. Aprendí de mi madre escoger los alimentos por su valor nutritivo, como el cochayuyo y las legumbres, comer de todo es parte de la cultura decía cuando arriscábamos la nariz ante algo que no nos gustaba, las bebidas de fantasía solo para fiestas y en forma moderada

Mi madre era una campeona del reciclado, los chalecos del más grande quedaban para el más chico al igual que los zapatos, que no solo se heredaban sino que se cuidaban con el lustrado diario eso les alargaba la vida notablemente, los calcetines se zurcían, los cuellos de camisa se daban vuelta , los pantalones se parchaban. Cuando la herencia no era de la talla se le hacían dobleces y bastas en las mangas, como no se compraba toda la ropa echas algunas eran fabricadas en casa o por una buena modista y las alforzas era hechas a propósito. Déjelo muy creedor era la orden, lo malo en mi caso fue que me quede con el tremendo doblez en el uniforme y el famoso estirón nunca llego. Y la ropa nueva quedaba para salir, para la parada

Algo tiene tuvo que ver con la parada militar ya que no era de todos los días

Las modas no era algo que preocupara a las madres de familia, eso era para otra gente, veía a mis tías y abuelas con los mismos vestidos muy bonitos en los matrimonios y bautizos no era pecado repetir. No se escuchaba eso de este me lo han visto mucho

La calidad se imponía un abrigo de piel tenía varias vidas, a la muerte de la dueña habían varias herederas esperándolo, y las sedas eran eternas,

Había maneras de no demostrar pobreza a pesar de que la ropa no era nueva o muy sencilla “porque el hábito no hace al monje”: hablar correctamente y por sobre todo comer bien en la mesa. “comiendo se conoce a la gente” decía mi mamá. Si no enrollabas bien los tallarines y no esperabas a tomarte la sopa para comerte la presa y además comías con la boca abierta estabas perdido pasarías por “roto” y mal educado

Como una campana mi madre nos enseñaba una y otra vez: permiso gracias, perdón, buenos días, los codos fuera de la mesa, nada de hola... ningún grande es amigo tuyo. Uno descansaba de estas recomendaciones cuando llegaban visitas, una mirada asesina con una bala en cada ojo era suficiente, si no reaccionábamos y una amenazante invitación que te quitaba el apetito –“después vamos a conversar”. Como ella muchas madres y ¡qué razón tenían!, me gusta ver como esos niños y niñas que crecieron conmigo son profesionales y padres ejemplares. Lo hicimos con pocos inventos, mucho ingenio, pocas marcas y el miedo no era a la pobreza, era a la ignorancia a que los hijos no se educaran y quedaran sin armas para vencerla.


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Shits¡!!! Cuando Los Grandes Conversan Los Chicos Se Quedan Callados



No sé, cómo aprendí a leer con semejante estímulo para mi cerebro, así eran las conversaciones que yo escuchaba, cuando era chica y ésta que les cuento pasó en un mes de septiembre cuando mi mamá y mi abuelita conversaban mientras tejían al sol y yo jugaba con una gatita que teníamos.

__Mmmm, ¡pobre José!, se va a tener que casar no más, porque la Tere le hizo "pisar el palito" _(aaahhh, yo pensaba que para casarse tenían que ser novios y darse besos , voy a buscar un palito, para cuando sea mas grande y si me gusta un novio le voy a decir que pise el palito no mas y me caso.

....y la Nona no sabe que hacer, porque la hija parece que ya "perdió el tren
(a lo mejor le da miedo el tren, ¡puh!, cuando la vea se lo voy a preguntar, porque la dejó el tren y le voy decir que se vaya en micro mejor.

...si, pues, no se pudo casar con el Toño porque a éste "se le quemaba el arroz"
(¡que tonta! Ya como mi mamá...una vez se le quemó el arroz y lo botó. Le voy a decir a la Tere: _ dile al Toño que prepare fideos mejor) _ ¡no molestes a esa gata ,te dicen!.
_¡bah!, a las gatitas les gusta que uno juegue con ellas.....no
,
_yo eché a la Norma porque "me sacó los choros del canasto"
(pero si los deja en el canasto se van a poner hediooooondos, ¿ por qué será tan pesada mi mamá ?, la Norma le hace un favor con sacar los choros!.)

...es que el Pepe es tan siútico.
Aaaah, ese debe ser un garabato, cuando Atilio me moleste le voy a decir: ¡siútico! y sé otro más feo que dijeron ayer: ¡hermético!

....ahora menos que el Lucho "se cayó al frasco, no lo va a parar nadie!
(pobre Lucho ,como debe llorar, ahí en ese frasco, debe ser un frasco graaaannnde, y nadie lo quiere sacar , son más mala gente, diosito los va a castigar, por no ayudar al Lucho

..si la Lila habló con el vecino "a calzón quitado"
(oh , eso no está nada de bien , yo le voy a decir a mi tío: la tía Lila, se anda sacando los calzones delante de Don Vecino

...el Lalo perdió la pega por leso ,si "camarón que se duerme se lo lleva la corriente"
(yo no sabía que lavar camarones era un trabajo,¡pobre Lalo!

...si la Maruja dice que no puede venir , pero es porque los niños pasan el rió en la noche.
(¡Oh ¡, que cabros más porfiados , le voy a decir a la tía cuando venga a almorzar mañana, ella no debe saber que sus hijos salen de noche ¡le digo no mas! : tia sus hijos pasan el río todas las noches , dígales que no, porque se los puede llevar el río, como los camarones del Lalo)

_ ¡ya pues deja esa gata tranquila!
(¡bah ! ¿y con quién voy a jugar entonces, si yo soy solita?)

...nada, si la Nora no tiene idea, que el Tito "le pega en la nuc
a" (ooooh, qué pesado el tío....pero le debe pegar despacito, por que ella no se ha dado cuenta, yo le voy a decir que se ponga un gorrito para que no le duela.)
.... tanto tiempo que este fulano "le pone el gorro" con la Chabela
(ahh, por eso no le dolía, porque el tío, ya le había puesto un gorro, igual le voy a decir a mi tía para que no se ría de ella la Chabela .)
_ ¡córtala, con molestar a esa gata!
_ ¿y qué tiene, que la chiquilla juegue con la gata?
_ pero mira como está de guatona, si" está lista para la foto "
_ ¡no!, que tenga los gatitos primero y después le toman la foto ¿ya?

La Nancy (Historias mal contadas)

Todas Las Rameras De Chile, De César Valdebenito, El Retorno De Un Escritor Indispensable


Por Enrique Ojeda

Título: Todas las Rameras de Chile, Autor: César Valdebenito, Género: Cuento, Páginas: 109 pág., Editorial: Ediciones Nuevos Vientos

Tengo sobre mi escritorio el volumen de cuentos; Todas las rameras de Chile, del siempre indispensable escritor César Valdebenito. La portada trae una foto sugerente de las piernas de una muchacha con la falda sobre el muslo como si fuera la primera historia que se nos cuenta.

Solo un autor como César Valdebenito es capaz de intuir, imaginar, interpretar, y darnos moteles, calles, mujeres, bacanales encuentros sexuales, escenas purulentas, y así poner en nuestras manos una pila radio activa.

Todas las rameras de Chile es un texto hilarante, paradójico, cínico, provocativo, desopilante, genuino en su nihilismo sexual, escandalizador con su propuesta ética.

La obra está escrita en un idioma donde abunda el improperio, la obscenidad, la indecencia –es imposible que hubiese sido concebido de otra forma-, pero divertido, profundo, vertiginoso, portador de una notable perspicacia, de tal modo que el cuerpo orondo de cada escena fálica tiene delicados tentáculos dialécticos, en cuyo fondo se descubre, como un perfume adicional, los justos y afortunados impulsos poéticos. Donde corre el vino, la cerveza, el comistrajo, el cigarrillo, la marihuana, la droga dura, las jovencitas de quince, de veinte, de treinta, las divorciadas, las casadas, y las señoras maduras, los moteles, la impotencia, los celos, los desencuentros, con eso y mucho más nos carga el escritor y lo hace con una competencia incuestionable para abordar historias libidinosas, para observar con agudeza una escena, la anécdota mordaz, el absurdo corrosivo de los amantes como si fueran dos enfermos crónicos, el anhelo de los cuerpos que se devoran y se besan como si estuvieran a océanos de distancia, de tal manera el escritor nos va dejando las pruebas que lo condenan, página a página, todas llenas de exquisiteces o bellaquerías sexuales descritas hasta el paroxismos, pero humanas, demasiado humanas. En medio del ardor de aquellos encuentros fortuitos, el cuentista se da tiempo para mostrar ternura, simpatía e incluso bondad hacia seres que, a la postre, terminan siendo parte de nuestras vidas. Así las cosas la escritura de Valdebenito es tensa hasta el límite, pero eso no lo convierte en un autor endogámico o autocomplaciente, más bien es un autor compulsivamente legible y un inagotable contador de historias cuya escritura es propulsada por una atracción sin freno, a tal punto que nos arrastra de una anécdota a otra, de un personaje a otro, de un paisaje al otro en un torbellino alucinado que deja al lector sin resuello.

Admirable la eficacia torrencial de Valdebenito y su delirante talento para fabular.

César Valdebenito. Nació en Concepción, Chile. Poeta, narrador, ensayista. Estudió matemáticas en la Universidad de Concepción y al egresar se dedicó por completo a la literatura. En 1998 publicó el libro de poemas El Jardín (Premio Fondos Concursables Municipalidad de Concepción). El 2000 fue publicado su libro-objeto, La Muerte de Bukowski. En el 2001 salió a la luz su Antología de Poetas Chilenos Jóvenes (Premio a la reedición de las mejores obras publicadas en el año por el Fondo del Libro y la Lectura del Gobierno de Chile). En el 2002 apareció su segundo libro de poemas, Urnas o Réquiem a la palabra (Concepción, Ediciones Lar). Fue el fundador de la revista Difusión, de la revista Click!, y de la revista Quiltro (Premiada con los Fondos Concursables Universidad de Concepción). Director del polémico y a contracorriente pasquín literario El Amante de la China del Norte. En el 2009 apareció su primera novela: Correcciones Elementales (Ediciones de Bolsillo, Chile) y a principios de el 2010 su libro de cuentos Todas las rameras de Chile (Ediciones Nuevos Vientos). Ha sido premiado por la autoría del CD interactivo Literatura de las Nuevas Fronteras (Financiado por el fondo del libro y la lectura).También a dictado numerosos talleres literarios entre los cuales se destaca el impartido para alumnos de la Universidad de Concepción: Una temporada en el infierno, el de la Universidad Católica de la Santísima Concepción: Poetas para un nuevo siglo, el de la Universidad del Bío Bío: La noche boca arriba, el de la fundación TPH: Edén y Lujuria, etc. Ha trabajado como freelance para distintas publicaciones extranjeras.


El Vecino Pelotero... La Nancy (Historias Mal Escritas)

No grite, no me alegre, mire por la ventana sin entender tanta alegría ¿por que Chile metió un gol??¿Por que gano un partido? , es que a mí no me gusta el peloteo, entiendo que a los niños les guste jugar al futbol, pero el futbol profesional no lo acepto, que los jugadores se han vendido como caballos de carrera, por tantos millones, ¿de dónde sale tanta plata? , ¿Cuanta plata mueve el futbol ?en eso pienso cuando veo la euforia de la gente, que ese día para peor de males comen mas de la cuenta, toman demasiado, y se juntan por que el alboroto es donde hay mucha gente
Solo así se dan animo y cantan ante el televisor la canción nacional ,me rio de pensar en ese acto patriótico con una cerveza en una mano y el chioripan en la otra, cuando siento la canción nacional cantada por mis vecinos ya se , va a jugar Chile, si le va mal... silencio absoluto, algunos quejidos si algo pudo pasar y no paso
¡Ya Chile! ¡Vamos Chile! ¡¡¡chi chi chi le le le ¡¡¡viva Chile!!! etc.
Yo sigo en mi casa haciendo lo de siempre, de pronto un estruendo:
¡¡¡¡GOOOOOOOOOOOLLLLL!!! AH metieron un gol...que bueno- seria todo,
Si gana Chile empezaran con sus cornetas y bocinas, autos que salen muy rápido para celebrar en alguna plaza, ¿por qué lo harán?, ¿que gana la gente? si los que ganan son los empresarios y los jugadores, esas cantidades que son un insulto en un país como el nuestro en que algunos profesores no alcanzan a pertenecer a la clase media o sea somos pobres mmmm…y nadie se molesta por eso.
Si protestáramos con el mismo ímpetu que salen a celebrar la clasificación a lo mejor las cosas cambiarían...ahhh pero a los peloteros los carabineros los tratan casi bien
A causa de la celebración destruyen, insultan me tuve que proteger en una tienda porque venía una orda de hinchas y apatotados . Esa gente no piensa, solos no hacen nada, pero acompañados se atreven a todos. Pero así es mi gente, y no les digo nada, hasta mi vecino de enfrente del segundo piso salió a la ventana a gritar ¡¡chi chi chi le le le viva chile!!! Claro no a todo pulmón, silenciosamente estaba solo. Se asomo al ventana y lucio su camiseta roja, necesitaba al menos una persona para poder decir algo, para poder abrazarlo en el triunfo, pero no tenía a nadie, solo estiro su camiseta roja como si le quedara corta esperando que alguien lo viera para compartir a la distancia su alegría, yo lo entendí, y lo salude con mi mano en alto que trate de moverla con entusiasmo y se fue ver el final del partido,
Los peloteros son todos iguales dicen las mismas cosas por eso yo sentí a la distancia su ¡¡¡chi chi chi leleleviva Chile !!!

La Abuela Grillo Y El Agua De Todos


“El agua es un derecho humano, no una mercancía” titula el Diario Cambio de Bolivia, en su edición del 9 de Mayo recién pasado, anunciando el estreno del “Canto a la vida” de La Abuela Grillo.

Fruto de la cooperación entre la Embajada de Dinamarca en Bolivia, The Animation Workshop, la Fundación Solón Romero y la Comunidad de Animadores Bolivianos, “La Abuela Grillo” es la adaptación de un mito del pueblo ayoreo sobre la problemática del agua. Para su desarrollo, ocho artistas Bolivianos fueron becados durante cinco meses en Dinamarca bajo la dirección del animador francés Denis Chapon.

Con música de Luzmila Carpio, destacadísima artista Boliviana y actual embajadora de su país en Francia, esta maravillosa y cantora abuela nos transporta al mágico bullicio de las calles Paceñas, los valles y los paisajes andinos de Bolivia, que bien pueden ser los de cualquier pueblo de nuestros países amenazado por el cambio climático y la avaricia humana. Un bello y conmovedor trabajo que vale la pena ayudar a difundir. ●


Información Gentileza de
Roberto Guerra
Gestor Cultural