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Don Francisco Villota, El Montonero De Curicó

Luego del Desastre de Rancagua y la desordenada huida de algunos patriotas hacia Argentina, los que quedaron en el país trataron de volver a la vida de campo o la ciudad, algunos pocos se escondieron y otros, más conocidos, aceptaron las condiciones que las nuevas autoridades españolas impusieron. Sin embargo, al decir de don Tomás Guevara, en el Partido de Curicó, “los patriotas más animosos no permanecieron en la inacción; formaron guerrillas que prestaron a la causa de la revolución tan útiles servicios como las demás que se organizaron en los partidos centrales.”




 

Este artículo es un extracto del libro de don Tomàs Guevara “Historia de Curicó” del año 1890, Capítulo VIII.

 

Las “montoneras que tenían su esfera de acción en el territorio comprendido entre el Cachapoal y el Maule, prestaron a la revolución servicios de inestimable valía, por cuanto, distrayendo al enemigo por el sur, segregando sus fuerzas y amedrentando a las autoridades realistas, hicieron más accesible a la expedición libertadora el camino de los Andes y facilitaron la comunicación de San Martín con los patriotas de Chile.“

 

La formación de estas montoneras se debió a la levantada vista de San Martín, que mandó a Chile en la primavera de 1815, con diversos pretextos, a varios oficiales y emigrados a preparar la opinión a favor de su ejército.

 

Destacaron: el Sargento Mayor don Pedro Antonio de la Fuente, que actuaba entre Santiago y Vichuquén; el Coronel don Antonio Merino, al interior de Curicó; Manuel Rodríguez. quien agitó a los campesinos entre San Fernando y Curicó, y que en poco tiempo logró levantar la voluntad de los habitantes de Colchagua, Rodríguez, además corría como articulador, espía y guía estratégica para los patriotas; en la hacienda de Teno don Francisco Villota; y en sus alrededores el más temido de todos, José Miguel Neira, que desde el mes de mayo de 1816, comenzó sus correrías en los partidos de San Fernando, Curicó y Talca; en San Fernando don Basilio de la Fuente; en la montaña que da vista al valle del Mataquito reunió don Felipe Moraga un grupo de campesinos; en la zona montañosa del nordeste de Vichuquén logró juntar otro don Francisco Eguiluz; y en el valle del Mataquito formó también una guerrilla con los indígenas de Lora el clérigo don Juan Félix Alvarado.

 

De las montoneras que se formaron a influjos de los agentes de Mendoza, debemos mencionar en primer lugar la que organizó en la hacienda de Teno don Francisco Villota. Se dio a conocer Villota desde luego como un patriota entusiasta, decidido y valiente hasta el extremo. Fuera de estas bellas prendas personales, tenía ventajas físicas propias para arrastrar la voluntad del campesino y obtener de él un respeto absoluto y una obediencia ciega: la destreza del jinete y la fuerza de una musculatura excepcional.

 

Hijo del acaudalado comerciante vizcaíno don Celedonio Villota y de doña Francisca Pérez Cotapos, tenía sobre las cualidades nombradas, el influjo de una cuantiosa fortuna, que a la sazón gozaba como administrador de la hacienda de Teno, la más dilatada y rica del partido de Curicó. Había nacido en Santiago y tenía 30 años de edad cuando puso su fortuna y su bienestar al servicio de la patria. Inmediatamente de concebir el pensamiento de formar una montonera, comenzó a iniciar en su hacienda a sus más fieles inquilinos en los secretos de sus planes, a juntar peones a pretexto de emplearlos en las faenas agrícolas, tan numerosas en su propiedad, a ponerse de acuerdo con las temibles y no escasas bandas de malhechores de los cerrillos de Teno y a rogar a sus amigos lo secundaran en su empresa. Concurrieron a su llamado los jóvenes más resueltos de entre sus amigos: don Manuel Antonio Labbé, don Joaquín Fermandois, don Matías Ravanal, don Juan Antonio Iturriaga y don Fernando Cotal.

 

La posesión de la estancia que hemos nombrado le servía para disimular los trajines de conspirador, que pasaban a la vista de la generalidad como las naturales y siempre frecuentes diligencias de un hacendado, y lo que era más útil todavía, le proporcionaba todos los medios indispensables para el logro de sus designios. Con semejante actividad y tales recursos, bien pronto reunió una guerrilla como de cincuenta hombres regularmente armados. 

 

Pero tal vez los trabajos de Villota no habrían sido tan eficaces sin la siniestra cooperación de José Miguel Neira, que por aquel entonces era el más tristemente célebre de los bandidos que merodeaban en los cerrillos de Teno.

 

Mientras Marcó del Pont preocupado de las incursiones de los montoneros, especialmente las de Neira, nombró el 28 de mayo en comisión especial al capitán de carabineros de la Concordia don Joaquín Magallar para que, con la compañía de su mando, fuese a aniquilar las bandas patriotas del partido de San Fernando y al propio tiempo recorriese los de Curicó y Talca. Encargó a los respectivos cabildos que le prestasen los auxilios necesarios. En una de las persecuciones que Magallar emprendió contra la banda de Neira, cayó en su poder el bandido Santos Tapia: fusilado en julio por la espada en la ciudad de Santiago, sus restos se trajeron a los cerrillos de Teno y se exhibieron en una jaula de fierro para escarmiento de malhechores y montoneros.

 

Mientras tanto, Villota, ayudado por Neira, había aumentado su guerrilla, con la que ejecutaba sus primeras escaramuzas en la ribera norte del Teno y se comunicaba con San Martín por el boquete del Planchón y los senderos de Huemul. Le servían ordinariamente de emisarios los jóvenes Manuel Antonio Labbé y Fernando Cotal, los cuales atravesaban la cordillera aún en los meses en que la nieve que se acumula en los Andes no da paso a los viajeros. Para repartir en Santiago las comunicaciones que Villota recibía de Mendoza, se valía de don Matías Ravanal, animoso mancebo de quince años, que por su corta edad no daba lugar a sospechas. Con todo, en una ocasión se lo denunciaron como espía a San Bruno, quien, poniéndole el estoque al pecho lo interrogó violentamente por su nombre y su procedencia; mas, los pocos años de Ravanal, sus juramentos de inocencia y las noticias falsas que ideó, desarmaron al temido esbirro de la reconquista.

 

Marco del Pont creyó que el capitán Magallar, encargado del Partido de Curcó, no tenía las aptitudes requeridas para desempeñar la delicada comisión de exterminar las guerrillas y nombró para reemplazarlo el 2 de septiembre de 1816 al coronel don Antonio Quintanilla, jefe muy bien conceptuado en el ejército realista. Éste se trasladó al cantón de Colchagua con el escuadrón de su mando, carabineros de la Concordia. Al principio creyó que las montoneras se habrían disuelto para no reorganizarse más, pero en realidad permanecían ocultas acechando el momento oportuno para fatigar a los españoles. 

 

A fin de dar una batida general a las guerrillas insurgentes, Marcó mandó reforzar la guarnición de las villas del cantón militar que estaba a las órdenes de Quintanilla. Con fecha 26 de octubre nombró de jefe militar de Curicó al capitán don Manuel Hornas.

 

Hornas era un soldadote sin maneras ni noción de la equidad: altanero, duro con los patriotas, a quienes agobiaba con multas y contribuciones que imponía por simple capricho o codicia, con el beneplácito de su colega en el orden político. Vejaba a los vecinos por los motivos más fútiles.

 

Villota juró vengar al vecindario en que tenía tantos amigos y para cumplir su palabra entró sólo una vez al pueblo y fue a esperar a Hornas a una fonda que éste frecuentaba diariamente, situada a la medianía de la cuadra del sur de la plaza de armas, de propiedad de unas mujeres de apellido Salinas.

 

La noche cubría ya las solitarias calles de la villa con la densa oscuridad de aquellos años en que no había alumbrado público. No tuvo que esperar mucho el guerrillero patriota, pues llegó bien pronto el capitán Hornas. Apenas había dado algunos pasos en el interior de la fonda cuando Villota cayó sobre él de sorpresa y lo derribó a bofetadas; Villota huyó a Teno, acompañado de algunos amigos que lo esperaban en las afueras del pueblo. 

 

Hornas salió en su persecución; pero el hacendado patriota conocía a palmos el terreno en que maniobraba su guerrilla y se escondía en las quebradas, cerros y bosques de sus fundos. Mientras que el irritado capitán de carabineros perseguía tenazmente a Villota, Neira aparecía en Cumpeo, donde se habían deslizado sus primeros años de ovejero, y después de un reñido choque en que perdieron la vida un mayordomo y varios peones, se apoderó de las casas de la hacienda y comenzó a merodear por los contornos.

 

Estos sucesos, que llegaron a Santiago en alas del miedo y de la exageración, fueron parte a perturbar el espíritu medroso del capitán general Marcó del Pont y a precipitarlo en la adopción de medidas despóticas, tales como las de prohibir andar a caballo, cargar armas, vivir en los campos sin permiso del Gobierno, ausentarse de las ciudades sin pasaporte y poner a precio las cabezas de Rodríguez y Neira. Apremió a Quintanilla para que fuera más diligente en la persecución de los montoneros. Este jefe consiguió rodear en Cumpeo la banda de Neira y tomar cuatro prisioneros, que se fusilaron inmediatamente y cuyas cabezas se trajeron a Curicó para exponerlas en los caminos. Pero este contratiempo estuvo compensado con las ventajas obtenidas por Manuel Rodríguez cuando asaltaba el 6 de enero de 1817 melipilla con un contingente de 80 patriotas, campesinos, rotos y algunos dones, mientras Francisco Salas y Feliciano Silva asaltan San Fernando.

 

Exasperado Marcó del Pont por los últimos asaltos de los guerrilleros patriotas, dictó otros bandos más restrictivos y arbitrarios aún que los anteriores y ordenó en los primeros días de enero el siguiente movimiento de tropas: el comandante don Manuel Barañao con su escuadrón de húsares de Abascal para la guarnición de San Fernando; para el cantón de Curicó y Talca al coronel don Antonio Morgado con su escuadrón de dragones y una parte de los carabineros de la Concordia y al coronel Quintanilla con una partida de este último cuerpo para resguardar el boquete del Planchón. Quintanilla levantó una fortificación en el camino de la cordillera, a la orilla derecha del río Claro, afluente del Teno y en el mismo lugar que desde entonces se llama «La Trinchera».

 

Villota más animado con el éxito de sus correrías y con la noticia de los asaltos de Melipilla y San Fernando, resolvió sorprender la villa de Curicó. Obrando con cautela y suma actividad, aumentó en la vasta hacienda de Teno su montonera como a cien hombres, compuesta de sus inquilinos, de algunos bandoleros de Teno, de campesinos remunerados por él y de varios jóvenes y hacendados amigos suyos que le servían de oficiales. Entre éstos, se distinguían por su valor o por su conocida posición don Juan Antonio Iturriaga, don Joaquín Fermandois, don Manuel Antonio Labbé, don Matías Ravanal y don Fernando Cotal. La gente de Villota estaba muy mal armada; apenas tenía algunos sables, tercerolas y chuzos, insuficientes para cien hombres. 

 

El bizarro capitán de la montonera sabía perfectamente por sus espías y amigos de Curicó que Morgado tenía bajo sus órdenes en la villa ochenta dragones y la compañía de cazadores del batallón Chillán. Por esto el plan que se formó fue sorprender las avanzadas españolas, efectuar una rápida entrada al pueblo y caer inopinadamente sobre la guarnición, retirarse enseguida a la cordillera y esperar allí la llegada de Freire. El fin práctico de este ataque no podía ser otro que alarmar a las autoridades de Santiago y atraer al sur más fuerzas de las destinadas a resistir al ejército libertador.

 

En la noche del 24 de enero Villota movió su montonera hacia Curicó; al venir el día llegó por el camino del oriente a las goteras de la villa. Todas las noches recorría los contornos de la población un grupo de caballería que se estacionaba de ordinario en las calles que daban acceso a los caminos públicos. El cuartel de la demás tropa realista estaba en la plaza de armas, contiguo a la cárcel y en el mismo lugar donde está ahora el edificio de la intendencia. 

 

En la madrugada del 24 de enero la patrulla que resguardaba la villa durante la noche se había ido a colocar en los pequeños llanos que entonces había al oriente, donde hoy está la alameda. Los montoneros de Villota fueron, pues a estrellarse con aquella partida volante, que los recibió con un fuego que puso en alarma a la fuerza de la plaza. Sin embargo, los guerrilleros patriotas dispararon sus armas y los más valientes cargaron con resolución; pero llegó un refuerzo de realistas que comenzó a hacer fuego desde los edificios inmediatos a la calle del rey, hoy del estado. La disciplina de tropas regulares pudo más que el arrojo y el espíritu de venganza que inflamaban los grupos desordenados de montoneros; al encontrarse con una resistencia seria, la guerrilla insurgente giró en confuso remolino y huyó en distintas direcciones. Además de uno o dos muertos, quedaron en poder de los españoles cinco prisioneros.

 

Morgado despachó inmediatamente en persecución de los fugitivos al capitán del batallón Chillán don Lorenzo Plaza de los Reyes con cincuenta hombres de este cuerpo y al teniente don Antonio Carrero con treinta dragones. Todo el día siguiente anduvieron estos oficiales tras de Villota y sus montoneros sin resultado alguno. En vano recorrieron la hacienda de Teno, amenazaron, ofrecieron recompensas y hasta hicieron ahorcar en las vigas de las casas de Villota al mayordomo José María Leiva para que confesara el lugar en que estaba escondido su patrón; todo fue inútil.

 

Entre tanto, Morgado mandó ahorcar a los cinco prisioneros patriotas. Como no hubiese en el pueblo verdugo que supiera aplicar esta clase de pena de muerte, fueron fusilados por la espalda y colgados en otras tantas horcas que se plantaron en la plaza. Al mismo tiempo Morgado mandó apresar a varios vecinos, a uno de los cuales, don Dionisio Perfecto Merino, remitió a Santiago, de donde se le mandó embarcar en la fragata Sacramento juntamente con muchos otros patriotas a quienes se trasportó a los presidios del Callao. Merino recobró su libertad a los dos años, pero murió de una enfermedad contraída en la prisión.

 

El capitán Plaza de los Reyes no omitía medio por su parte para dar con Villota. Por fin, el 27 de enero de 1817, halló a la montonera patriota en Huemul, el fundo más oriental de los que componían la hacienda de Teno. Se encontraban descansando inmediatos a un bosque y al camino que por las montañas de Huemul conduce a la República argentina, que era el transitado por los emisarios de Villota y San Martín. 

 

En el momento en que el capitán español llegó a donde descansaban los patriotas, los caballos estaban desensillados y pacían por las cercanías. Villota intentó resistir; mas, sobre ser escasa su fuerza, la tropa realista rompió sin dilación sus fuegos que ocasionaron la pérdida de trece hombres. La fuga se produjo; el valiente capitán de los insurgentes, fiado en la bondad de un brioso caballo blanco que montaba ese día, se apartó a un lado para llamar la atención de sus perseguidores y dar tiempo a los suyos a que escaparan. Desgraciadamente el caballo se atasca en una ciénaga; Villota se desmonta y se prepara a morir peleando. Amartilla una pistola para dispararle a un soldado del batallón Chillán, llamado Nicolás Pareja, que viene a atacarlo de frente; en el mismo instante el dragón Fermín Sánchez llega por atrás y le da un balazo que arroja al suelo mortalmente herido al heroico montonero. A continuación llegan otros soldados y lo acaban de ultimar a bayonetazos.

 

Cuando al fin pudieron reconocer el cadáver, se dirigieron a Curicó llevando atravesado en un caballo el cadáver del más valiente de los patriotas curicanos. Con un lujo cínico de crueldad y con evidente ultraje a la moral pública, Morgado lo hizo colgar desnudo el día 28 de enero en una horca que se plantó en la plaza de la villa, frente a la cárcel.

 

Mientras los capitanes de Marcó del Pont arremetían contra los civiles en venganza por las acciones de los montoneros, San Martín venía en camino a cruzar la cordillera comandando el Ejército Libertador de Los Andes.

“Ni Washington Ni San Martín”. La Labor De Rufino Blanco Fombona En La Construcción De Simón Bolívar Como El Libertador De América°


Hacia comienzos del siglo XX, el político e intelectual venezolano Rufino Blanco Fombona se lanzó a reconstruir y publicitar activamente la gesta y el pensamiento de Simón Bolívar tanto a nivel nacional como internacional, con el objetivo último de presentarlo y posicionarlo como el auténtico Libertador de América. Para ello, encontró en el nacionalismo “exclusivista” argentino y el imperialismo estadounidense, así como en las figuras de San Martín y Washington, dos adversarios fundamentales capaces de revelar la excepcionalidad del proyecto bolivariano, contribuir a despejar el camino para una Venezuela que —no obstante sus gobernantes de turno— detentaba una grandeza originaria y, en última instancia, situar al responsable de llevar a cabo esa empresa en un lugar de auténtica conciencia moral y clarividencia intelectual en la escena cultural hispanoamericana de la época.

 

Ensayo escrito por María Laura Amorebieta y Vera

Fuente: Cuadernos del Sur – Historia 53 (2024), 177-199, E-ISSN 2362-2997

 

Bolívar En La Gesta Emancipadora Y La Organización De Los Estados En Hispanoamérica

 

Una de las principales preocupaciones del intelectual consistió en demostrar la centralidad y excepcionalidad que tuvo Bolívar al momento de sellar la derrota del ejército español en América y sentar las bases para la construcción de un orden republicano. Para ello, Blanco Fombona prestó especial atención a otros héroes y experiencias revolucionarias con el objetivo de respaldar sus tesis centrales, concentrándose en dos casos específicos que, según su opinión, mejor ilustraban el carácter extraordinario de la obra política y militar del Libertador. Así pues, el 29 de marzo de 1906, Blanco Fombona escribía desde la cárcel lo siguiente:

 

A Bolívar no se le puede comparar con Washington porque Bolívar es un genio, mientras que Washington no fue sino un gran hombre (…). Ni con San Martín, el otro capitán de Suramérica, porque San Martín no fue sino un general, un gran general, mientras que Bolívar fue un Caudillo continental, un legislador, un tribuno, un escritor, un genio político. San Martín puede compararse más bien con Sucre y con Washington, a quienes iguala en desprendimiento patriótico. Con Bolívar no. Hay desemejanzas de temperamento: San Martín era severo, frío y Bolívar arrebatado y elocuente; desemejanza de educación: San Martín se levantó en los cuarteles y Bolívar en los salones; desemejanza de tendencias políticas: San Martín, servidor del absolutismo de Carlos IV, era conservador y monarquista, Bolívar liberal y republicano; desemejanza de cultura: San Martín ignoraba hasta la ortografía, mientras que Bolívar era un pensador, un artista de la palabra escrita y de la palabra hablada. 

 

Con Washington la diferencia es también grande. Washington nace pobre y muere rico. Bolívar nace rico y, en servicio de América, se arruina. Washington, en vida, no da libertad a ninguno de sus esclavos negros. Bolívar en una sola de sus haciendas patrimoniales, otorga la libertad a 1.000 negros que valen 300.000 dólares. 

 

Ni  Washington  ni  San  Martín  columbraban  el  futuro;  Bolívar  lo  predecía, no por don profético sino por inducciones e intuiciones geniales” (Blanco Fombona, 2004). 

 

Si Bolívar resultaba, para el escritor venezolano, un héroe inigualable, aunque injustamente menospreciado e ignorado, entonces confrontarlo con las célebres figuras de Washington y San Martín podía servir para ejemplificar y difundir la superioridad política, militar, cultural, ideológica y moral del primero. De modo que, puestos uno al lado del otro, el Libertador no solo resultaba un “genio político”, sino el auténtico exponente y principal defensor de la empresa independentista, del republicanismo e, incluso, del humanismo a nivel continental y mundial. 

 

En efecto, a diferencia de Washington, a quien no le quitaba “una hora de sueño” lo que sucedía “más allá de sus patrias fronteras” y quien predicaba “a su país el aislamiento indiferente que él deseaba para sí mismo”, a “Bolívar lo devoró la inquietud de la libertad y de la humanidad” (Blanco Fombona, 2004). 

 

Según Blanco Fombona, “nada humano le fue indiferente”, lo cual explicaba que hasta hubiera soñado “con llevar la independencia a Filipinas y la República a España”. El ejemplo del héroe norteamericano, quien había efectuado “una carnicería de colonos franceses” “campañas contra los indios, a la sombra del Gobierno colonial” (Blanco Fombona, 1981), le resultaba nuevamente apropiado para probar la naturaleza idealista y altruista de Bolívar: 

 

Llega la revolución de su patria por razones independientes a la voluntad de Washington: el Congreso le nombra jefe del Ejército. “Obligados a tomar las armas —dice a sus tropas—, no soñamos ni gloria ni conquistas; pero queremos defender hasta la muerte nuestros bienes y nuestra libertad, heredados de nuestros padres”. 

 

Los bienes heredados preocupan su espíritu tanto como la libertad. En Bolívar no ocurre nada semejante. (…) 

 

Washington  tiene  las  limitaciones  y  el  egoísmo  práctico  de  su  raza. Bolívar piensa en el mundo, Washington en su tierra (Blanco Fombona, 1981).”

 

Igualmente, Blanco Fombona se serviría de algunos juicios que historiadores y políticos chilenos habían elaborado sobre la personalidad y el accionar de San Martín, los cuales le posibilitaron seguir nutriendo la idea de que Bolívar había sido ideológica y moralmente superior no solo a Washington, sino también al héroe argentino:

 

San Martín era taciturno; astuto, intrigante, desconfiado; Amunátegui y Vicuña Mackenna, sus admiradores, escriben en “La Dictadura de O’Higgins”, respecto al rioplatense: “En política no tenía ni conciencia ni moralidad. Todo lo creía permitido. Para él todos los medios sin excepción, eran lícitos”. “Por temible que fuera en un  campo  de  batalla,  lo  era  todavía  más  dentro  de  un  gabinete  fraguando tramoyas, armando celadas, maquinando ardides…”.

 

Así  desaparecieron  asesinados:  Manuel  Rodríguez,  el  tribuno  Liberal;  los  hermanos  Carrera,  primeros  libertadores  de  Chile;  Ordóñez, el jefe español vencedor en Cancha Rayada; otro jefe de la Península, Osorio, y los demás prisioneros españoles de San Luis. Bolívar mató mucha más gente; pero de otro modo: dicta la franca proclama de “guerra á muerte, fusila á la luz del sol” (Blanco Fombona, 1913).

 

Por lo tanto, aunque Bolívar también había cometido fusilamientos, lo habría hecho mientras era “el más débil”, cuando era “solo un Jefe revolucionario” que no ocupaba “más territorio sino el que” ocupaban “sus tropas” (Blanco Fombona). Cuando se convirtió en “jefe del Estado, de veras Presidente, con una Capital y un Gobierno estables”, el Libertador —remarcaba Blanco Fombona— “casi siempre” perdonaba (1981). En este sentido, la atribución a Washington de un carácter egoísta y materialista, así como a San Martín de un espíritu conspirador y desleal, le permitían al escritor venezolano erigir, por contraposición de términos, la imagen de un Bolívar honrado, generoso y bondadoso, cuya obra —no dudaba en afirmar— había sido “una de las más raras en la historia del mundo”, ya que había cumplido “casi sin elementos y a despecho de la naturaleza y de los hombres, una de las empresas más grandiosas que tocó (…) a un héroe” (Blanco Fombona).

 

A su vez, ese argumento parecía verse aún más reforzado si se prestaba atención a la dimensión cuantitativa de la gesta bolivariana. Es que, según recordaba Blanco Fombona, el Libertador había “emancipado cuatro veces más millones de colonos que Washington”. Asimismo, “mientras San Martín libró en América solo dos batallas y un combate, con pérdida de 1.027 soldados, Bolívar asienta su gloria de guerrero sobre cuatrocientas setenta y dos acciones de armas”. A ello era posible añadir que el prócer argentino había cruzado “los Andes una vez”, a diferencia del fundador de la Gran Colombia, que “los pasó, con ejércitos triunfales, varias veces”.

 

Sin embargo, habría habido un aspecto central en la trayectoria de Bolívar que lo distinguía de los otros dos héroes continentales, posicionándolo en un lugar de indiscutida excepcionalidad:

 

Bolívar no consintió en ceñirse la corona. Por una u otra razón no consintió: “El título de Libertador —escribe a Páez— es el mayor de cuantos ha recibido el orgullo humano. Me es imposible degradarlo”. No creían que siendo tan poderoso fuera tan abnegado. Benjamín Constant escribió en un periódico de París: “Si Bolívar muere sin haberse ceñido una corona, será en los siglos venideros una figura singular. En los pasados no tiene semejante. Washington no tuvo nunca en sus manos, en las colonias británicas del norte, el poder que Bolívar ha alcanzado entre los pueblos y desiertos de la América del Sur”. 

 

Pero Bolívar despreció cetro y manto imperiales. (…)”

 

Y si no consintió en ceñirse la corona tampoco convino en que Colombia llamara a un rey extranjero (…).

 

Y si no aceptó la corona, ni quiso que un extranjero viniera a ceñírsela en Colombia, impidió también, por medio de la diplomacia y aun de la firmeza, que otras secciones de América se monarquizasen y se diesen a príncipes europeos”. 

 

De esta forma, Fombona haría especial hincapié a lo largo de sus escritos en la extraordinaria cantidad de poder acumulada por el Libertador, su firme abnegación expresada en su negativa a coronarse y, sobre todo, en su lucha por establecer en el territorio americano la forma de gobierno republicana. Esto lo llevaría a adentrarse en el debate sobre monarquismo y republicanismo y, específicamente, a subrayar que las tendencias “monárquicas” desplegadas en una importante porción del subcontinente americano habían surgido de la mano de San Martín y las autoridades argentinas: 

 

La Argentina solicitaba un hijo de Carlos IV para rey de aquella sección  americana….  Bolívar  escribe, dirigiéndose al director supremo de los Estados Unidos del Río de la Plata: “Ligadas mutuamente entre sí todas las repúblicas que combaten contra la España, por el pacto implícito y a virtud de la identidad de causa, principios e intereses, parece que nuestra conducta debe ser uniforme y una misma…”. 

 

Con el Perú fue más explícito. El general San Martín había celebrado  en  Punchauca  un  pacto  con  el  virrey  Laserna,  pacto  por  el cual se sometería y entregaría el ejército patriota al virrey, y San Martín en persona se embarcaría para España a solicitar (…) un príncipe para el Perú, país que debía erigirse en monarquía, con Chile y la Argentina. Si bien dicho pacto, útil para acabar con la guerra, nunca se concretó, permitió a los patriotas disponer de tiempo suficiente para engrosar sus filas y disponerse a llegar a Lima en mejores condiciones. 

 

Fuente: Cuadernos del Sur – Historia 53 (2024), 177-199, E-ISSN 2362-2997